1. Introducción
2. Inmigrantes
3. Exiliados
4. El Hotel de Inmigrantes
5. Destinos
6. En testimonios
7. En memorias
8. En biografías
9. En periodismo
10. En costumbrismo
11. En historietas
12. En novelas
13. En novelas infantiles y juveniles
14. En cuentos
15. En cuentos infantiles y juveniles
16. En poemas
17. En letras de tangos y canciones
18. En teatro
19. En cine
20. En video
21. En televisión
22. En fotografía
Introducción
Alberto Sarramone, quien ha escrito varios libros sobre la historia de la inmigración en nuestro país, afirma que “La noción exacta y actual de emigración, en general, tiene dos referentes direccionales: emigración en un sentido estricto, cuando se busca significar la salida de personas o grupos de un país o región. Inmigración, noción relacionada con la recepción de población externa en un país o región determinado”, y señala que “ambas tienen su origen en el régimen de libertad instaurado a partir de la revolución francesa, con el reconocimiento de los derechos del hombre y del ciudadano y entre ellos el de emigrar, consagrados en la constitución del 31 de octubre de 1791. Con anterioridad, no se podía hablar de las formas modernas de emigración, que requieren como notas definitorias para la existencia plena del fenómeno, estar en un marco aunque sea imperfecto de libertad” (1).
Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue “entre los inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios” (2).
“Desde la época de Rosas se anota una constante pero limitada inmigración española, procedente del País Vasco, Galicia y las Islas Canarias –afirman Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti. Recién la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes” (3). Diversas causas contribuyeron al aumento de la emigración. Andrés Solla las enumera: la introducción de la navegación a vapor, las políticas de las repúblicas americanas que favorecen la entrada de emigrantes, la irrupción de fuertes compañías navieras inglesas, francesas y alemanas en el negocio, y la comunicación epistolar con los que ya emigraron (4).
“A lo largo de la historia de la humanidad –escribe Solla- hubo múltiples causas ‘próximas’ (guerras, persecuciones religiosas o políticas, huidas de los reclutamientos militares, pestes, etc.) que dieron lugar a las migraciones humanas, pero detrás de todas ellas subyace siempre el factor económico. (...) los gallegos emigraron forzados por la situación económica y porque no se conformaban con seguir siempre lo mismo; querían mejorar y les sobraba voluntad para hacerlo” (5).
Gran parte de los gallegos establecidos en nuestro país, sólo pensó en hacerlo por un tiempo. “Galicia es casi sinónimo de inmigración –agrega Solla-, porque de Galicia, por emigrar, emigraron: trabajadores, intelectuales, energía eléctrica y capitales. El gallego emigraba bajo dos signos: uno, que lo empujaba fuera de su tierra en procura de una mejor situación económica y otro que lo hacía volver. Así tenemos que, siendo el país que da mayor porcentaje de emigración, también somos, curiosamente, el que mayor índice de retornados tiene por número de emigrantes. En el fenómeno migratorio puede establecerse una correlación: padres y mujer quedaban en Galicia, hijos y marido en la emigración. Esta constante quizás sea el factor más importante que favoreció tan elevado número de retornados, además del apego que los gallegos tenemos a nuestra tierra” (6).
Otros jamás podrán regresar, y morirán añorando el retorno.
Aurora Alonso de Rocha destaca que “La voz del pueblo –voz del cielo- llamó gallegos a todos los españoles inmigrantes y gringos a los otros extranjeros. De ese modo dejaba dos mensajes para el futuro: primero, que los españoles no eran extranjeros comunes; eran, sí, los ‘otros’, pero los otros del idioma común y la tradición que ya formaba parte y sustento de lo criollo, y segundo, que los gallegos habían sido, entre los españoles, los más en número y los más conspicuos. ¿Qué nos mueve a hacer el esfuerzo de reconstruir pueblo por pueblo, grupo por grupo, el fenómeno inmigratorio? Porque fue el más significativo del siglo pasado y determinante del presente siglo, porque vivimos en comunidades migratorias, porque nos reconocemos en nuestras singularidades nacionales y en la amalgama irrepetible que somos los argentinos. También porque buscamos, racionalmente, las raíces que sentimos en el corazón” (7).
Notas
1 Sarramone, Alberto: Historia y sociología de la inmigración.
2 Bazán Lazcano, Marcelo: “Carta de Lectores”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999.
3 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
4 Solla, Andrés: “A emigración galega a América”, en Internet. Trad. de MGR.
5 ibídem
6 ibídem
7 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
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Inmigrantes
Para los gallegos de mi familia había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Una novela del cubano Barnet se titula precisamente Gallego (1). Los inmigrantes, entre los que se contaban los gallegos, “Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían” (2).
A ellos, “de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba” (3).
En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los gallegos realizaban el viaje hacia América (4). El viaje era insalubre y riesgoso. Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta González Carbalho; de su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica (5).
Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: “los gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna” (6).
Los gallegos –afirma Solla- “se dedicaban preferentemente al sector servicios, comercio y profesiones liberales, recibiendo el sector agrario un porcentaje muy bajo” (7). “Hacia la época del Centenario –destacan Alvarez y Pinotti- cuando la ola española supera a la italiana, los ‘gallegos’ (y especialmente los auténticos hijos de Galicia), asomarán tras los mostradores de almacenes, hoteles, restaurantes, bares y confiterías” (8).
Teresita Fritzsche afirma que el gentilicio “gallego” es un argentinismo o americanismo utilizado con el significado de español (9). “A los españoles se los llamará unánimemente ‘gallegos’ –afirman Alvarez y Pinotti- (...). Este uso de rótulo sirve para homogeneizar la diversidad apabullante y de paso descalificar al ‘Otro’ “ (10).
Hablaban su idioma. Gladys Onega escribe que “los que habían venido de allá” “hablaban esa fala melosa, que a nosotros no nos enseñaron por vergüenza de aldeanos” (11). Casi todos aprendían el idioma por las suyas, ayudándose algunos con el diccionario, el cual “También es parte de la cultura inmigrante. El diccionario les solucionaba las crisis que podían tener con su segunda lengua. Está muy conectado con los autodidactas” (12).
Tenían su religión y sus tradiciones. Emilio González López analiza la figura de Santiago relacionada con los gemelos Castor y Pólux y con la diosa Venus. También se refiere a la Virgen de la Barca y a la inmensa fe que los gallegos tienen a esa ‘barca’, piedra movediza que se mueve el día de la fiesta del Santo (13). Santiago tuvo gran importancia en la historia de España. Américo Castro considera que “Sin tal fermento de vida, la Península hubiera seguido el destino del Norte de Africa o hubiera sido ocupada por Europeos del Norte” (14). Santiago Apóstol es la fiesta de todos los gallegos: “Este mes –dice el editorial de julio de 1996- Viajero Celta hace un alto en el camino. El descanso de este peregrino lo hace en Galicia. Porque julio es el mes del Apóstol de España y duerme su sueño eterno en Santiago de Compostela. Desde estas páginas rendimos nuestro homenaje a todos los gallegos celtas” (15).
Junto al culto de Santiago, perviven en Galicia creencias anteriores al catolicismo, como la que niega la separación de la vida terrena y el más allá. El muerto descansa en el cementerio durante el día y de noche vuelve a visitar su casa, su tierra, vela el sueño de los suyos, pero esta posibilidad le es dada sólo si muere en su lugar de origen: “Sólo los que mueren en su tierra gallega alcanzan el privilegio de no dejar este mundo, de seguir viviendo en él cerca de los suyos, de su casa y de su tierra. El que tiene la dicha de morir en Galicia se queda entre deudos y amigos a los que puede ver todas las noches a su voluntad” (16).
Trajeron su tradición culinaria: “Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. Los gallegos aportan sus potajes, empanadas, tortillas y la perdiz en pepitoria” (17).
Fundaron sus escuelas, sus centros de reunión, sus periódicos. Ejecutaron y enseñaron su música y sus danzas.
Notas
1 Barnet; Miguel: Gallego. Alfaguara, 1986.
2 Riestra, Jorge: “Las voces de la ciudad”.htm.
3 Fesquet, Silvia: “La tierra de uno”, en Clarín Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.
4 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias
5 González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
6 S/F: en La Voz del Interior on line, 24 de julio de 2002.
7 Solla, Andrés: op. cit.
8 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
9 Fritzsche, Teresita: Prólogo a Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
10 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
11 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
12 S/F: “De generación en generación”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de marzo de 2000.
13 González López, Emilio: Galicia, su alma y su cultura. Ediciones Galicia. Centro Gallego de Buenos Aires, Instituto Argentino de Cultura Gallega, 1978.
14 Castro, Américo: citado por González López.
15 S/F: “Editorial”, en Viajero Celta. Año I, N° 9. Buenos Aires, julio de 1996.
16 González López, Emilio: op. cit.
17 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
Exiliados
A América llegaron asimismo los exiliados gallegos. Escribe Rodolfo Alonso: “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (1).
Viajaron sacrificadamente los intelectuales españoles -entre los que se contaba el gallego Moure- que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en el diario Noticias Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados” (2).
“En 1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era muy chico, pero todo eso me marcó” (3).
Sobre su padre, exiliado gallego, escribe María Rosa Lojo: “El auto exiliado abandona un mundo donde cree que ya no podrà crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente ajeno. No lo sabe aùn, pero de todas formas quedarà cautivo de la tierra que deja. Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para èl ya habìa pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la càrcel, la ‘redenciòn de penas por el trabajo’. Sin embargo, se despidiò de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cediò a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa-, hizo las valijas y cruzò el ocèano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que habìa iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la Repùblica. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba tambièn (aunque de eso me enterè despuès de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputaciòn juvenil de ‘mala cabeza’, y de playboy coruñès, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos habìa retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabìa la dimensiòn de su deseo. El futuro estaba afuera. Habìa resuelto que en las nuevas tierras harìa otra cosa, y serìa, casi, otra persona” (4).
Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: “El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes”.
Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte” (5).
Notas
1 Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.
2 Schwarzstein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.
3 Aubele, Luis: “A boca de jarro Miguel Schapire ‘Los porteños nos parecemos a los griegos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 31 de julio de 2005.
4 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital. Noviembre de 2002.
5 ABC: “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida”, en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1999.
El Hotel de Inmigrantes
La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores. Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (1). Días después, desde allí unos se trasladarán a un conventillo; otros, a una vivienda más digna, y pocos viajarán hacia las colonias.
Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel, sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo establecía, por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2).
“La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes” (3)
En el Hotel de Inmigrantes, los recién llegados se agrupaban de acuerdo a su procedencia. Comenta el profesor Jorge Ochoa de Eguileor: “Aquí había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines” (4).
Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes gallegos: “Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, ‘da mía terra’, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos” (5)
Esa unión de los primeros tiempos dio origen a asociaciones importantes, a muchas de las cuales se refiere Rosa Majián en su guía (6). Surgieron los medios de las colectividades, estudiados por la antropóloga Viviane Oteiza Gruss (7). Una publicación tuvo que ver con el origen del Centro Gallego: “El Eco de Galicia fue fundado por José María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892. Este fue el órgano de los residentes gallegos en la Argentina desde ese momento y uno de los antecedentes de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires” (8).
“La llegada del migrante siempre está cargada de esperanzas e incertidumbres. Y la asociación con sus connacionales es una de sus estrategias para cubrir sus necesidades culturales y recreativas –opina Lelio Mármora, director de la Organización Internacional para las Migraciones. Así surgieron entidades que dieron a los recién llegados espacios solidarios en un medio extraño, y varias resultaron centro de excelencia para los argentinos” (9).
Notas
1 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
2 Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Colección Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro pasado. Buenos Aires, CEAL, 1983.
3 Cracogna, Manuel I.: Primera fundación de Avellaneda.htm
4 Markic, Mario: “En el camino: Hotel de sueños”, en TN, 12 de septiembre de 2002.
5 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.
6 Majián, Rosa: Guía de las colectividades extranjeras en la República Argentina. Buenos Aires, Ediciones Culturales Buenos Aires, 1988.
7 Iglesias, Jorge: “Una Babel de tinta”, en La Nación, Buenos Aires, 24 de noviembre de 2002.
8 S/F: “José María Cao Luaces: el padre de la caricatura argentina”, en GaliciaOXE, www.galiciaoxe.org, 2002.
9 S/F: “Un pedacito de la tierra natal”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
Destinos
“Los gallegos (...) se radicaron, en general, en la ciudad” (1). Algunos vivieron en conventillos. Los conventillos más famosos fueron Las Catorce Provincias, El Universo y el Conventillo de la Paloma. En ellos “se compartían los baños, los lavatorios, las letrinas, la cocina y los lavaderos. En las piezas vivían familias enteras, a veces con seis o siete hijos, lo que provocaba hacinamiento y promiscuidad. (...) Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de “cama caliente”, en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar un par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasase las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado” (2). Esto nos da una idea del enorme sacrificio que debieron hacer muchos de los que venían en busca de un futuro mejor.
El aluvión inmigratorio tuvo que ver con las nuevas ideas sobre edificación. Lo afirma Andrés Carretero: “‘En 1887 la población total era de 404.173 habitantes, con una densidad de 89 habitantes por hectárea’, computó Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia de la inmigración, ‘que modificó los amplios patios de las casas porteñas, que se dividieron para facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar así mejor los terrenos’” (3).
Otros gallegos se dirigieron hacia el interior: Entre Ríos, Santa Fe, Tierra del Fuego, fueron algunas de las provincias en las que se establecieron.
Notas
1 S/F: “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.
2 S/F: “Todo comenzó en los conventillos”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de mayo de 2000.
3 S/F: “De la Gran Aldea a la aldea global”, en La Prensa, 3 de diciembre de 2000.
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Testimonios
Inmigrantes
A Entre Ríos se traslada el gallego Francisco Izquierdo, quien escribe en 1882: “Los primeros días que pisamos la playa de Colón formado en ese entonces por un verdadero bosque salvaje, sin más habitantes que los nativos de semejantes sitios, sin entrar en los detalles de las especies porque creemos que el lector se dará cuenta de la clase de habitantes, y puede imaginarse cuál sería la primera impresión después de un viaje terrible en el mar, y los trasbordos cuando se navegaba puramente en buques de vela, teniendo para calmar nuestra primera mala impresión que recurrir al librito o contrato lleno de ofertas por el General Urquiza, en vista de los cuales nos resignábamos en parte pues el tiempo pasaba y nos encontrábamos como tribus salvajes, apiñados bajo los árboles, con nuestros hijos, sin más techo que el de la naturaleza, y ni una visión de simples ranchos en una estancia de algunas leguas a nuestro alrededor, teniendo de voz solo cuando la visita de uno que otro poblador de los alejados contornos” (1).
Arturo Cuadrado Moure evoca su exilio: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América. Era nuestro guía espiritual, nuestro árbol intocable, profundo y alto, don Antonio Machado. (...) desde México a Buenos Aires realizamos todos nuestros sueños, todas nuestras esperanzas, todas nuestras ilusiones, con el convencimiento de que habíamos triunfado... Ortega y Gasset nos había enseñado el camino de amar más que luchar” (2).
En la presentación de su último libro, en abril de 2008, Alberto Portas Gómez recordó a Francisco Galán, militar español exiliado en la Argentina, con quien conversaba en la librería que Galán tenía en la calle Marcelo T. de Alvear al 400. "Francisco Galán Rodríguez, nacido en 1902 y fallecido en 1971, fue un militar español, que destacó por su actividad durante la Guerra Civil Española, en la que participó en las filas del Gobierno de la Segunda República Española. (...) A principios de marzo del 1939 es nombrado Jefe de la base de Cartagena; a su llegada el 4 de marzo se produce una revuelta pronacional, no pudiendo controlarla y huyendo con la Flota republicana a Argelia. Se exilia posteriormente a Argentina, permaneciendo al margen de toda actividad política" (3).
Daniel Artola entrevista a Salvador de la Calle, periodista del diario Crítica: “Es diciembre de 1923. Estefanía es una pasajera más del vapor Alba que viene de Vigo, España, rumbo a la Argentina. El barco está cargado de inmigrantes con sus esperanzas a cuestas. Ella sabe que el destino está cerca y le habla a su bebé, Salvador, que extiende las manos debajo de la manta que lo cubre. Tiene la convicción de que ésta será una gran tierra, donde el trabajo y la felicidad no serán una utopía. A su esposo Rafael lo espera el campo. Después de unos días en el Hotel de Inmigrantes marchan a El Socorro, un lugar intermedio entre San Nicolás y Pergamino. Allí necesitan brazos fuertes para sembrar la tierra: el futuro para ellos se cosechará recogiendo bolsas de maíz. (...) Salvador se ha dado el gusto de volver a la tierra que lo vio nacer. En 1989 visitó a una tía en su pueblo natal: ‘Estaba en la campña y me la pasaba comiendo sardina, quesos de cabra y trozos de jamón crudo, porque allí no lo cortan en fetas como acá’ “ (3).
Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, llegó a la Argentina a los catorce años: “Fui un autodidacta –dijo-, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda” (4).
Francisco Lores, presidente de la Federación de las Asociaciones Gallegas de la República Argentina, recuerda: “Llegué en 1952 desde O Grove. Trabajé como mecánico, pasé los desarraigos al igual que muchos. Fui mecánico y ahora estoy jubilado, dedicado a esta pasión que es conservar nuestro patrimonio” (5).
Jesús Amorín Varela relata: “Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina” (6).
Francisco Coira nació en 1906 en Catoira. “Me vine en 1925 –cuenta-, como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse... a gatas tenía el sexto grado, así llegué, y aquí logré todo lo que soy, un trabajo, una familia, una vida” (7).
No puede regresar Fermín Alvarez, mozo de la confitería La Ideal. “Su rancia estirpe gallega se ablanda un poco cuando confiesa que le gustaría volver a España, después de tantos años sin pisar la tierra que lo vio nacer. ‘Pero no hay plata: acá se gana muy poquito, apenas las propinas. Y la jubilación, para qué hablar’, cuenta. Su hija le está gestionando una jubilación en España para que su vida sea menos empinada” (8).
María Mercedes Arias “se recuerda a sí misma como una campesina de Porto, una aldea de la comarca gallega de Valdeorras donde todavía se ve a lo lejos el río Sil y el Castillo del Conde de Rivadavia, construido en el siglo XV. ‘Araba el campo con mis dos hijos porque mi marido se había ido a la Guerra Civil que estalló en 1936. Llenábamos un carro con las castañas que había en el bosque, las comíamos asadas y con un vaso de leche. Yo tenía 38 años y como la posguerra era muy dura, nos vinimos a la Argentina’, cuenta” (9).
Manuel Corral Vide llamó Morriña a su restorán, nombre que nos habla sin duda del sentimiento que aúna a chef y comensales: “A través de Morriña (palabra entrañable para nosotros) el nombre de Galicia llega a miles de personas que, sin ser gallegas, se interiorizaron de las características de nuestra cocina, lo peculiar de nuestras tradiciones y nuestra milenaria cultura. En cuanto a los paisanos, me consta que se enorgullecen de tanta difusión” (10). El publica sus recetas en Galicia en el mundo; en una de las entregas de “Cocina gallega”, leemos: “En Buenos Aires, siempre que se podía en casa, nos agasajábamos con una buena paella en la que difícilmente faltaba el conejo (mi abuela los criaba en nuestros primeros años en la Argentina” (11).
José Cameán Parcero recuerda: “Yo también fui gallego de m... y también colorado’, porque así es mi color de cabello. Y más de una vez tuve que escuchar a mis compañeros decir que me habían cambiado por un cuero. Pero no me molestaba, quizás porque yo al venir a los cuatro años me sentía uno más. No sabía mi conciencia la diferencia de ser gallego o argentino”. Cuenta que su padre ”como buen gallego, era músico, tocaba la gaita y le enseñó a él a tocar la caja. Como esto resultó ser de su gusto tocó con Los Celtas de Vigo y con Los Chavales de España. En estos conjuntos tocaba la tumbadora. Estos instrumentos todavía los conserva en su taller de autos antiguos” (12).
Un inmigrante tiene un bar en la Isla Maciel: “ ‘Esto era la calle Florida, entre el frigorífico, las areneras, los astilleros –dice el Gallego-. Y ahora... ya ni comidas damos. Es una pocilga. Me dan ganas de largar todo pero no puedo’. Su bar quedó varado en algún cierre mpreciso, ese día último en que la heladera despachó la porción final para uno de crudo y queso. Y pensar que el bar del Gallego hasta tenía un reservado, con manteles y todo. Al Gallego le dan ganas de llorar. La enorme mesa de billar tapada con una tela parece meterle más luto al que ya tiene. Sólo el comensal de siempre va por su vasito de vermú, antes del almuerzo. Pero ya no se dicen nada” (13).
En un bar de Gaona y Concordia, en Buenos Aires, transcurre probablemente el cuento “Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges. En ese bar trabaja un mozo gallego: “Pepe ‘Galleguito’ Castro (62 años, vecino desde hace 34), único mozo del Gaona, acredita: ‘Se inauguró en 1908’. Y otra cosa más. Casualidad de la vida o no, hoy está pintado de rosa, dato que no aparece en el texto pero que sí remite al título del cuento. ‘Borges sabe que, en aquella época, los almacenes eran de ese color, lo cuenta en Fundación mítica de Buenos Aires’, apunta Sorrentino. Ajeno a los análisis literarios, Pepe pone cara de circunstancia al nombrarle a Borges. ‘Me dolió cuando dijo que no quería morir en la Argentina’, apunta el hombre que nació en Santiago de Compostela y por nada del mundo quiso salir en las fotos” (14).
Julio Méndez Iglesias se presenta: “A mí me dicen el otro Julio Iglesias. Porque además de vender flores, toco música gallega, celta, religiosa y folklore de todo el mundo con mi guitarra y mi armónica. Pero ni Dios me dio el don de hacer lo que hace él, ni a él le dio el don de hacer lo que hago yo. (...) También soy poeta, tengo como 500 hermosos poemas para editar. (...) Otro amor que tengo son las palomas. (...) Nací en España, en Santiago de Compostela, por eso firmo mis poemas como El Compostelano. Tengo 63 años. Me casé en 1985 con una argentina y tengo dos hijos, un nene y una nena. Hace 35 que vine a la Argentina, tenía 25 años. A los pocos meses me puse esta florería. Me gusta mi vida, mi trabajo. Lo hago con agrado, a pear de que es muy ingrato, porque en la calle se sufre mucho, se sufre la intemperie, la gente” (15).
“Pedro Fernández, español, y de Orense, como corresponde a un afilador que se precie de tal, dado que esta ciudad gallega se conoce como la tierra de los afiladores por excelencia, con ochenta años de edad, recuerda cuando recorría más de cien cuadras por día: ‘Si uno se sacrificaba podía ganar un pesito más. Después, todo cambió, con la industrialización el trabajo desapareció’. Don Pedro cuenta que aprender el oficio no es fácil, y que hasta puede ser riesgoso. Como certificando sus palabras muestra el dedo índice de su mano derecha con la impronta de una herida producto de la inexperiencia inicial. Con su bicicleta roja y sus piedras anduvo por muchos rincones del país, pregonando su máxima fundamental: ‘La comida sabe mejor cuando el cuchillo corta bien’ (16)".
“A partir del año 1918 don José Loureiro, un simpático gallego, trabajó en la Costanera Sur, con la fuente de Lola Mora como fondo. ‘Los domingos con buen tiempo hacía hasta cincuenta fotos a cuarenta centavos, las tres postales con la misma pose, las coloreadas a mano, cincuenta’ ” (17).
Leila Guerriero reúne, en su nota “Cuentos de gallegos”, diversos testimonios:
El de Susana Rodríguez: “-los gallegos éramos lo más despreciado de España –dice Susi-. Estaba prohibido hablar en gallego. A las aulas había que entrar saludando ‘viva España’ y ‘viva Franco’, y las maestras te castigaban si no usabas el castellano” (18).
Aucario Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (19).
José Campos Barral manifiesta: “-Yo me siento gallego, y luego, si me queda un rato libre, soy español. Pero en el ’49, en España, se pasaba mucha miseria. Yo he llevado bofetadas del maestro por hablar gallego. Me decía: ‘Hable cristiano’. Mi padre era republicano, y tenía la libertad condicional. Estaba harto. Primero vino mi hermano mayor, luego mi padre, mi madre, la abuela. Y luego yo” (20).
José Manuel Castelao Bragaña, abogado y presidente del Consejo General de la Emigración relata: “Vi la multitud en el puerto y busqué, entre todos esos rostros, el de mi padre. El me había dejado niño y se encontró frente a un hombre. Pasada la primera alegría del encuentro, yo lloraba todos los días. Pero mi padre dijo algo que por entonces tenía sentido: ‘Les dejo más futuro a mis hijos en la Argentina sin nada que en España con todo’. Si me dijeran ahora para siempre España o para siempre Argentina, yo digo para siempre Argentina. Aquí nadie me preguntó dónde había nacido, no pagué un peso por mi título universitario de abogado. En Buenos Aires soy un gallego morriñoso y en Galicia soy un porteño nostálgico” (22).
Manuel Fajardo, dueño de la pizzería La Continental, brinda su testimonio: “-Lo que más orgullo me da es que les he dado trabajo a más de 700 argentinos –dice Manuel, que vive en una casona de Parque Centenario seis meses al año y los otros seis meses los pasa en España-. El secreto es trabajo, trabajo y más trabajo” (23).
Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si había aceite se freía y si no se comía hervida” (24).
Antonio Pérez Prado, hijo de gallegos, afirma: “Yo, si he tenido una impronta... ha sido la de mi madre. Si mi galleguidad tiene un sello, ha sido el de ella. Puedo cantar horas de canciones gallegas. Todas me las cantaba mi mamá, y contaban la misma historia. Que el cura embarazaba a la criada y nacían los niños con cara de cura” (25).
“Acabo de leer las historias contadas en la nota Cuentos de gallegos –afirma Ana Varela-. Historias casi iguales a la mía y a las de tantos de mis conocidos. Pero hay un punto que quiero aclarar. En Galicia no estaba prohibido hablar gallego. Todos lo hablábamos libremente, pero, con muy buen criterio, en las escuelas de toda España se obligaba a los alumnos a hablar y escribir castellano. Era el lugar adecuado para aprenderlo y practicarlo. Yo aprendí mis primeras palabras en castellano a los 5 años. Aún agradezco a quien me enseñó, sabiendo que al llegar a Buenos Aires iba a necesitarlo” (26).
Escribe a La Nación, María Dolores Bermúdez: “Gracias por habernos hecho tener esos momentos llenos de emoción en la nota que dedicó a nosotros, los tantísimos gallegos que vinimos a hacer la América, allá por la primera parte del siglo pasado. ¡Cómo nos identificamos, cuántas historias similares! Primero, el papá; luego, algún hermano mayor, y finalmente mamá con el resto de la familia: éramos seis con mamá; aquí ya estaba papá con sus dos hijos mayores y, para afianzar nuestro amor por esta querida Argentina, nació el noveno hijo” (27).
Escribe Franco Varise: "Cuando la calle Sarmiento todavía se llamaba Cuyo y los sombreros aún lucían entre los caballeros de Buenos Aires, la casa The Brighton era el lugar predilecto de aquella estirpe "angloporteña" para elegir sus prendas de vestir.
El local donde estaba ubicada la sastrería resistió como pudo el paso del tiempo. Por fortuna los biselados y esmerilados permanecieron casi intactos, incluso después de que la renombrada marca surgida en 1908 desapareció definitivamente en 1976.
Ahora, Fermín González, un empresario gastronómico del microcentro, decidió recuperar The Brighton en la dirección original (Sarmiento 645), aunque en lugar de zurcir finos trajes y sombreros abrió un restaurante con la intención de devolverle su brillo tradicional a este rincón porteño. Las tareas de restauración ocuparon nueve meses y tuvieron especial atención en recuperar los detalles de la época.
"Fue un amor a primera vista; siento veneración por ese estilo en el trabajo de la madera y lo veo como algo viviente que regresa a la ciudad", señaló González, un ciudadano español que llegó al país a principios de la década del setenta. "El gallego", como él mismo se define, tuvo mucho éxito con un local de venta de sandwiches (los mejores de Buenos Aires, dicen), llamado Café Paulin, a pocos pasos de The Brighton. "El destino me llevó a esperarlo", comentó González, pues, entre 1978 y 2002 funcionó allí otro clásico, Clark s II. "Estoy satisfecho por restaurarlo y ponerlo de nuevo a funcionar; algunas personas me acercaron viejas prendas de The Brighton y me agradecen por haberlo recuperado", explicó el empresario" (28).
Notas
1. Izquierdo, Francisco: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
2. S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
3. Obtenido de http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Gal%C3%A1n
Artola, Daniel: “Salvador de la Calle lleva tres cuartos de siglo residiendo en Saavedra ‘En 1929 el barrio estaba lleno de quintas’ “, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, Año 6, N° 67, Octubre de 2004.
4. Beltrán, Mónica: “La primera escuela gallega que enseña a chicos argentinos”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de abril de 1999.
5. Urfeig, Vivian: “Un nuevo museo rescata la historia de inmigrantes gallegos”, en Clarín, Buenos Aires, 13 de diciembre de 2005.
6. S/F: “Pérez Millán”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
7. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
8. Commisso, Sandra: “Un marinero que eligió ser mozo y quedarse en tierra”, en Clarín, 16 de julio de 1998.
9. Pogoriles, Eduardo: “Volver a las raíces”, en Clarín, Buenos Aires, 13 de agosto de 2001.
10. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 3-9 de septiembre de 2001.
11. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 14-20 de febrero de 2000.
12. S/F: “José Cameán Parcero. Un vecino de Bembibre, Parroquia de Buxán”, en El mensajero gallego, N° 2, Abril de 1998.
13. Piotto, Alba: “La Isla Maciel por dentro”. Fotos: Rubén Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
14. Tagtachian, Magdalena: “Entre la Avenida Gaona y Juan B. Justo. Borges dejó su huella en el barrio”, en Clarín, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2002.
15. S/F: “Click. El otro Julio Iglesias”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 12 de octubre de 2003.
16. Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Afilador”, en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
17. Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El fotógrafo de plaza”, en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
18. Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005.
19. ibídem
20. ibídem
22. ibídem
23. ibídem
24. ibídem
25. ibídem
26. Varela, Ana: “Gallegos”, en La Nación Revista, 30 de abril de 2005.
27. Bermúdez, María Dolores: “Gallegos (II)”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de mayo de 2005.
28. Varise, Franco: "La ciudad recupera el encanto de Brighton De sastrería inglesa a fino restaurante", en La Nación, 28 de enero de 2007.
Foto: Manuel Corral Vide
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Hijos
En una entrevista realizada por Ana Da Costa en 2000, Juan Flloy evoca a su padre: “Mi madre fue una francesa que vino en una de las promociones de inmigración del siglo pasado, en una inmigración de labriegos franceses que se afincaron en Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. (...) se casó aquí, en la Argentina, con un español nativo de Galicia y formaron un hogar en el cual fuimos cuatro hermanos. Pero mi madre había tenido primero relaciones matrimoniales con un belga que la abandonó con tres hijos, los cuales fueron acogidos por mi padre. Los siete crecimos y fuimos educados aquí, en la ciudad de Córdoba. Papá y mamá se conocieron en Tandil, cerca de la Piedra Movediza, que es una figura que se hizo sumamente popular en casa, porque mi padre tuvo dos hijos en las proximidades de la Piedra Movediza” (1).
En La Coruña murió en 1979, el pintor Luis Seoane, quien, nacido en Buenos Aires en el seno de una familia gallega, vivió muchos años en España. El escribió: “Soy y seré siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado” (2).
"Hija de Gaudencio, un uruguayo descendiente de franceses, y Josefa, una española viuda y con siete hijos de su previo matrimonio, Libertad Lamarque fue la cuarta de una seguidilla de hijos que sus padres habían concebido y que no sobrevivieron. (...) Su infancia se desarrolló en un hogar humilde en el que sonaban las coplas y nostálgicas canciones gallegas entonadas por su madre y las palabras de su padre anarquista" (3).
Antonio Pérez-Prado expresó: “Yo también soy gallego, nacido en Buenos Aires –en Monserrat- porque Galicia es una nación histórica (las otras dos son Euzkadi y Cataluña, que también tienen idioma propio y son mucho más antiguas que la España consolidada en un Estado)” (3).
Adolfo Pérez Esquivel “parte para Galicia en breve a dejar él también su huella escultórica. ‘Voy a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre”, comentó” (4).
Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el “legítimo entusiasmo” con que su padre gallego les relataba “anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río” (5).
Gladys Onega habla sobre los distintos idiomas que escuchó en su infancia: “A mí lo que más me atrajo, y me metí en un trabajo muy arduo y gratificante, fue el de la escritura adulta que tiene que crear un narrador niño pero con una escritura adulta. Esta fue una gran tensión que se produjo en mí con el lenguaje; y además tratar de encontrar las voces que me rodeaban en aquel momento, ya que tenía la de mi padre que hablaba en gallego con sus parientes, pero no en mi casa porque mi madre era criolla, y también la de todos los italianos que en ese tiempo hablaban realmente el italiano. Para mí era maravilloso tener todos estos sonidos. Eran todas palabras misteriosas. Los chicos que iban al colegio en el 35 y provenían del campo hablaban en italiano, y en la escuela era donde verdaderamente se nacionalizaban. Ese fue el gran factor unificador de la escuela pública” (6).
En una entrevista, manifestó Horacio Vázquez-Rial: “Yo vengo de una familia absolutamente definida históricamente, como una familia gallega con por lo menos ocho generaciones de permanencia registrada en Galicia. Es decir donde no entraron ni siquiera asturianos en la historia. Ni nadie de Zamora ni de ningún país limítrofe ni de León. Por lo tanto no hay cruce en el sentido étnico del mestizaje. Yo soy tan mestizo como cualquier habitante de grandes ciudades en el orden cultural. El mestizaje de Buenos Aires, el mestizaje de Barcelona, ahora el mestizaje de Madrid es el mío pero es el mío en la medida en que es mestizaje de gran ciudad. Lo mismo sería en Madrid, lo mismo sería en Nueva York. Es decir está uno en medio de una serie de corrientes, de lenguas, de libros, de periódicos, no es muy distinto el funcionamiento de un intelectual en una gran ciudad o en otra. Yo no creo que mi producción hubiera sido muy diferente en Londres de lo que es en Barcelona, salvo por lo que hace al oído, al idioma en mi oído. Yo acepto esto porque además me da igual, realmente me da igual” (7).
Acerca de sus padres, dice María Rosa Lojo: “Mis padres me legaron el amor por su tierra, pero yo también aprendí a amarla a través de sus grandes escritores. Soy la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la guerra civil; en casa se hablaba de España como del ‘paraíso perdido’, al que mis padres siempre quisieron regresar” (8).
Manuel Castro, descendiente de gallegos. ‘Soy un coleccionista de gaitas’, dice Castro y cuenta orgulloso que tiene siete de esos instrumentos. ‘La primera gaita me la compré en un viaje que hice a Londres. Aprendí a tocar con parientes y gaiteros escoceses. La cultura celta me fascina” (9).
Gabriel Deus – hijo de un gaitero inmigrante, y gaitero él mismo de la Agrupación Folklórica Baixo Miño- se refiere a “los grandes maestros gaiteros inmigrantes, (...) en sus dedos, al ejecutar la gaita, demuestran en cada nota el sentimiento de un inmigrante” (10).
María Nieves, bailarina de tango, “proviene de una familia humilde –ella reafirma- ‘más que pobre’-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos. A los 8 ó 9 años María comenzó a ir a las milongas con su hermana mayor y de tanto ir a ver bailar tango, un día la invitaron a la pista y bailó. De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, ‘sos demasiado humilde, sos una tonta’. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie’. Esa misma mamá –‘la gallega’- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna” (11).
Victor Hugo Ghitta evoca el carnaval de la colectividad gallega: Victor Hugo Ghitta evoca el baile en el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda “las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas” (12).
En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha que un recuerdo de 1978 le da “a la tarea de investigar, una cuota mayor de entusiasmo”. Se refiere a su viaje a Galicia: “de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra, la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo pudieron irse? –preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo, de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era la mar y había puertos de tierra” (13).
Los Goris, inmigrantes gallegos, regresaron a su tierra. “De chica –afirma la hija, Esther-, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica. (...) Recién al disfrutar de cerca de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina. (...) Ahora hace unos meses que mis padres volvieron a radicarse en Galicia. Sólo falta que vuelva yo, para estar los tres juntos, en ese suelo soñado” (14).
“El origen de los negocios de Alfredo Coto –escribe Alfredo Sainz- está ligado a la carne, que aún continúa siendo una de sus principales fuentes de ingresos, ya que cuenta con tres frigoríficos propios que abastecen a sus supermercados y también exportan parte de su producción. Joaquín Coto, el papá de Alfredo, era un inmigrante gallego que tenía una pequeña carnicería en un mercado municipal que funcionaba en Retiro y desde chico Coto acompañaba a su padre en sus recorridas por el Mercado de Liniers. Con su esposa, Gloria, en 1970 fundó la primera carnicería, aunque desde antes estaban en el negocio de la compra de hacienda y el reparto de carne en pequeños comercios” (15).
Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que en los años en que llegó a la Argentina su padre, “Los sueños eran pocos, pero duraban toda la vida: comprar una casita, educar a los hijos y, quién sabe, volver a la patria algún día. Papá nunca lo hizo”. La entrevistada recuerda que en una valija, que las hijas pequeñas no podían abrir, el hombre guardaba “cartas, cuadros, que todos los emigrantes traían porque no sabían si podrían volver a ver a sus familiares. Había de todo. Era su historia” (16).
Beatriz Pérez Leiro, marplatense que en 1999 viajó a España, dijo: “Desde pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño camino, que siempre se llamó ‘francés’, senda única y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y puse su sueño en mi mente y en mi corazón” (17).
Antonio D’Argenio testimonia la nostalgia de su madre: “Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada ‘Por los caminos de España’. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita” (18).
Ruben Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: “en 10 minutos llegamos a A Coruña... Noia... Lousame... baje del auto... y lo que camine desde ese auto hasta los brazos de mi tía... no puedo explicarte, no podré expresarte, que me pasaba, era como caminar volando... liviano... sin nada adentro... ahogado... alegría... La abrace, llore como hacia mucho no lo había hecho recordé a mi papa a mis abuelos estaban ahí, en medio de nosotros dos...” (19).
José Luis Noya escribe: “”En las aldeas de Berdía y Vilar do Rey, en Galicia, nacieron mis viejos que, como muchos gallegos, vinieron a radicarse a nuestro país. Este año tuve la suerte de conocerlas y fue una experiencia única. El momento del encuentro familiar es difícil de describir. Comprobé que esa familia, desconocida para mí, tenía gestos similares a la que se encuentra del otro lado del Atlántico” (20).
Daniel Míguez recuerda: “Viví en la casa de San Lázaro donde nació mi padre, enfrente de la iglesia donde él, como monaguillo, enloquecía con travesuras al cura y dormí en la cama de mi abuela, Gloria, que murió sin conocer a sus nietos argentinos. También caminé a orillas del río donde lavaba la ropa y soñaba mi abuela Concepción, que me crió en Buenos Aires, y besé al viejito de 97 años que fue el hermano que ella más quiso. Y toqué las herramientas de zapatero que mi abuelo Manuel dejó en un taller en la casa de Labacolla en 1912, para venirse a la Patagonia, a los 16 años, con aires de anarquista. Fue mucho más que cumplir un deseo profundo. Fue como saldar una deuda metafísica” (21).
Fabián Tarrío recuerda a su padre, hijo de inmigrantes gallegos: “Mi viejo sabía vivir y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza, pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu muy lindo” (22).
Un sombrerero es hijo de españoles: “En Gaona al 1200, se encuentra la tradicional sombrerería "Winter", que funciona allí desde hace 63 años bajo la batuta de don José "Pepe" Ferro, porteño de casi "90 pirulines", hijo de padre gallego, de Lugo, y de madre leonesa. Eduardo, su hijo se da una vuelta todos los días para ayudar en todo lo que haga falta. "Aquí de los 40 hasta el 60, había un trabajo bárbaro, los sábados la gente hacía cola en la puerta del local, es que los muchachos tenían que ir a bailar al vecino Club Buenos Aires (y sin sombrero era una vergüenza). También tenía una importante clientela de la colectividad israelita. Pero hoy la actividad está muerta, a lo sumo se vende alguna que otra gorra". En las vitrinas los elegantes orión lucen junto a los chambergos de fieltro "de primera calidad", negros, marrones y grises, "los negros siempre con forro, los de otro color no". Junto a ellos vemos la horma, con la que se tomaban las medidas de la cabeza del cliente y así poder hacerle su sombrero. "En verano se usaba panamá, y también ranchos", recuerda don José, y agrega: "Muchas veces los muchachos que iban al hipódromo, a las carreras, y acertaban una fija, revoleaban su sombrero por el aire". Esto situación de euforia, le venía muy bien al negocio, porque los apostadores volvían a comprar nuevos sombreros. Ferro conoció el oficio siendo joven, desde los 18 años hasta los 23 trabajó en la fábrica de sombreros "Dominoni", que quedaba en Monroe 1683/ 87, entre Montañeses y Arribeños, con salida también por Blanco Encalada. "Recuerdo una casa que continúa, como yo en esta lucha tan despareja, "Maidana", en Rivadavia al 1900. En fin, cosas de la vida, -murmura mientras acaricia a su perro Colita-. Pasa todo tan rápido..." (23).
Horacio Spinetto se refiere a un paragüero inmigrante: “En Independencia y Colombres funciona desde hace más de cuarenta años la paragüería "Víctor", propiedad de don Elías Fernández Pato, un español que llegó a los 18 años desde su tierra gallega y se dedicó a vender y arreglar paraguas por las calles porteñas. En 1957 abrió su local, al que puso el nombre de su hijo recién nacido” (24).
“Felicitaciones por la nota Cuentos de gallegos –escribe Marta Eijo a La Nación-. Las historias de los entrevistados bien pueden coincidir con la de mis padres. Algunos participantes en ella han dejado sus huellas de esfuerzo e idoneidad en el Centro Gallego de Buenos Aires, mutualidad de la que soy socia y que, sorteando as dificultades de la economía pendular en estos últimos años, sigue cobijando a esos inmigrantes, a sus hijos y nietos mediante la prestación médica y el acceso al Instituto Argentino de Cultura Gallega” (25).
En el Museo de la Inmigración, sito en el ex Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires, se relata en un panel la historia del matrimonio Mosquera López-Alvarez Marante, emigrados desde Orense.
En otro panel, en ese mismo museo, se relata la historia del pontevedrés Martínez Padín.
En agosto de 2006, al crear esta página web, recibí este mail:
"Estimada María, pasear por sus textos tan placenteramente, no sólo agiganta la morriña que acompañó siempre a mis mayores, sino también, evoca el dulce, maravilloso e inolvidable recuerdo, de su sencillez, su don de gente, ese inconfundible y contagioso amor por la música y la alegría de su espíritu, dones heredados, que me acompañarán toda mi vida.
María, su obra, refresca almas y devuelve lozanía a los recuerdos. Que Dios la bendiga por lograr algo tan maravilloso y tan simple como la vida misma. Vaya a través de su hermosa obra, el más cariñoso recuerdo a mi querida madre, Angelita Valcárcel de Britti, y mis abuelos.
Cuánto me alegra que tamaña obra suya, haya sido publicada en ese sitio WEB. Es un hermoso acontecimiento. La felicito de corazón. Cuánto me alegro por usted y por el homenaje que representa a todos nuestros queridos recuerdos, pero también me alegro por todos aquellos gallegos y demás españoles, los cuales podrán acceder a tan provechosa y amena lectura.
Antonio Britti Valcárcel
En un e-mail, Mabel Rifon me escribe sobre su padre "Jose Luis Rifon Seijo, gallego, nacido en Betanzos, quien llego a la Argentina a sus 11 años en el año 1944, junto a su madre Consuelo Seijo Garrido, gallega y su padre, Jose Rifon Vales, argentino. Mi padre fue Presidente del Centro Betanzos de Buenos Aires entre los años 1968 a 1976, cuando dicho Centro era realmente un lugar de resistencia y acogia a intelectuales y distintas personalidades de las letras y las artes. En este concurso (el certamen convocado por el Centro Cultural Rosalía de Castro en homenaje a los 85 años del A. B. C. de Corcubión) va a recibir una mención por su poesía
"Dos Luceros", escrita el 27 de Octubre de 1956, cuando estaba de novio con mi madre, Maria Marta Diana Stimolo, argentina, nieta de italianos, y asi comenzó esta historia mezcla de morriña y tarantela, en un barrio bien porteño, (Versailles)".
Notas
1 Da Costa, Ana: “Entrevista a Juan Filloy”, en www.bibnal.edu.ar, 2 de marzo de 2000.
2 Seoane, Luis, en el video de la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, en el Museo de Arte Moderno, junio 2000.
3 S/F: "BIOGRAFIAS. Libertad Lamarque (1908-2000)", en Miradas, Multicanal, septiembre de 2007.
Pérez-Prado, Antonio: “Recuerdos de la América pródiga”, en Clarín, 19 de noviembre de 2000.
4 Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): “La vidriera cultural”, en La Nación Revista, 22 de agosto de 2004.
5 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
6 Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
7 Espinosa Viale, Sara: “Señoras y Señores, con Todos Ustedes... Horacio Vázquez Rial”.
8 González Rouco, María: “María Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul, 17 de marzo de 1991.
9 S/F: “Un periodista loco por la gaita”, en Clarín, 26 de septiembre de 1997.
10 Deus, Gabriel: e-mail enviado a MGR
11 Pacheco, Carlos: “María Nieves: la princesa del Plata baila hoy”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
12 Ghitta, Víctor Hugo: “Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas”, en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre de 2001.
13 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
14 Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
15 Sainz, Alfredo: “PERFILES Un imperio tras las góndolas”, en La Nación, Buenos Aires, 30 de octubre de 2005.
16 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
17 S/F: “Gozo y sacrificio en el camino de Santiago”, en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000.
18 D’Argenio, Antonio: en “El regreso a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999.
19 Servia, Rubén: e-mail enviado a M. G. R.
20 Noya, José Luis: “Aldeas de Galicia”, en “La vuelta al origen”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
21 Míguez, Daniel: “El tío Pedro”, en “Testimonios”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
22 Piotto, Alba (Texto y producción); Rosito, Enrique y Digilio, Rubén (fotos): “Mi papá”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
23 Spinetto, Horacio: “El sombrerero”, en “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
24 Spinetto, Horacio: “El Paragüero y el Bastonero”, en “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
25 Eijo, Marta: “Gallegos”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de mayo de 2005.
Nietos
Ernesto Schoo recuerda a su abuelo gallego: “En la estancia de mi abuela materna, en Pergamino, hay una vasta biblioteca, en parte heredada de su marido, mi abuelo gallego, y en parte formada por sus hijos. Allí está todavía la famosa Biblioteca de La Nación, con mis lecturas favoritas, Julio Verne y Conan Doyle (las aventuras de Sherlock Holmes, que me llenaban de terror y a las que intentaba exorcizar dibujándolas como historietas) y Alejandro Dumas y H. G. Wells. En otros estantes relucían los lomos dorados de colecciones enteras de revistas españolas, que le mandaban a mi abuelo y que él hacía encuadernar: La Ilustración Artística, el Album Salón, Blanco y Negro. De 1896, 1898 (el año de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y las Filipinas), 1900, 1902...Yo leía ávidamente esos mamotretos, enterándome de las alternativas de la guerra de Cuba, o la de los boers en Sudáfrica. No había disciplina o rubro que no me interesara: los comienzos del cinematógrafo, el estreno de La Boheme de Puccini en el Liceo de Barcelona (casi todas esas revistas se editaban, lujosamente, en la capital de Cataluña), la evocación de los bailes de carnaval en el Madrid de 1850. En otra habitación, en un enorme mueble con puertas vidriadas estaba la inabarcable, interminable Enciclopedia Espasa. Por ahí descubrí también los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra (Fígaro), modelo para todo aspirante a cronista, aún hoy” (1).
Lolita Torres manifestó: “No puedo explicar el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando” (2).
Alberto Cortez es el autor de la letra y música de la canción “El abuelo”. El cuenta la historia de ese tema: "De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. Germán, Eladio y David, los tres hermanos García, se embarcaron en Vigo, como todos los gallegos emigrantes con destino a Buenos Aires (...)” (3).
En “Al contrario de lo que dicen El abuelo de Cortez”, escribe Julio César Barros: “Mi abuelo era un gaita nacido en Monforte de Lemos y llegado a estas comarcas cuando tenía un poco más de 18 años. Como otros tantos millones de españoles, se abrió camino aprovechando honestamente las oportunidades que ofrecía el país, en aquellos mejores días. Se casó con una argentina, aumentó cuanto pudo la prole, compró su chalecito y se jubiló despues de haber cinchado no sé cuantos años en el Roca. Una vida tan modesta, que mal hubiera podido despertar la curiosidad de nadie” (4).
Me escribe Stella Maris Latorre: "mi abuelo, que nació en 1881, se llamaba Juan Latorre y era el papá de mi padre Manuel Angel Latorre. Mi abuelo nació en Soria, pero no se sabe la aldea. No pudimos averiguar; buscaron por las parroquias pero no, sólo que él siempre dijo que nació en Soria. Era comerciante de cueros. Tengo un pariente que vive en Aragón -es Miguel Angel Latorre, el de las galerías fotográficas-; él está permanentemente haciendo trabajos importantes para el Reino de Aragón y muchas galerías muy famosas. El me dijo que no se sabía lo de la aldea y averiguamos mucho por los sacerdotes y en Santiago por el archivo también; además, él pertenecería a Castilla La Vieja, no? Yo, en realidad, la nacionalidad la tendré en breve por ser viuda de español (gallego de Lugo), pero hacía las averiguaciones de mi abuelo por conocer más de mis raíces. Mi abuelo inmigró en el año 1914; él había enviudado, así que al venir aquí se casó nuevamente con mi abuela, Paula Luján de Villa Garcia de Arousa y en 1920 nació aquí mi padre".
Guillermo Saccomanno relató en un reportaje: “Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos” (5).
Guadalupe Henestrosa afirmó: “Desde hacía años venía pensando en el tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes, el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas, ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año 20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año, en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial.” (6).
“En Internet, decenas de páginas promueven la búsqueda y el encuentro con familiares de antaño, (...). Casi todos los que buscan, más que los hijos, son los nietos. –Es normal –dice Pablo Cirio, musicólogo, investigador de la música tradicional gallega en prácticas espontáneas y profesionales en la Argentina-. La capa de gallegos nativos está jubilada. Los hijos hoy tienen entre 40 y 50 años , y son los que se llevaron la peor parte. Pagaron el resentimiento de sus padres, que querían insertarse como argentinos y no les interesaba mantener sus raíces. Como muchos eran analfabetos, querían posicionar a su descendencia en mejor lugar. Entonces no les enseñaron el idioma. ¿Para qué va a hablar gallego? Que hable inglés, que sea abogado. Ahora los nietos son los que están interesados en la vida de sus abuelos, el idioma, la música. Y, claro, en el pasaporte” (7).
Acerca de su abuela, nacida en Piteira, Orense, escribió el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración” (8).
En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: “Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar” (9).
Cecilia Figaredo “Habla con voz fuerte y remite a sus orígenes: ‘Figaredo es español; mi abuelo era de Oviedo y mi abuela, de Galicia. Por parte de mamá son italianos, así que en mi casa cada vez que nos reunimos es hablar a los gritos, todos juntos. Es un bardo y nadie se escucha’ ” (10).
“En 1886 –escribe Claudio Savoia-, mucho antes de convertirse en el apellido de un polémico dirigente del fútbol, Lalín era sólo un pequeño pueblo de Pontevedra, en la provincia española de Galicia. Desde allí, al igual que otros miles de esperanzados con dejar atrás su desesperanza –como los antepasados del polémico dirigente- Nieves Barcala partió hacia Buenos Aires. El mismo año, desde el mismo pueblo, zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patria por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural. En La Boca, en un conventillo, Nieves se empleó como doméstica. Su dueña, Paca, era tía de Manuel, a quien Nieves conoció... en una reunión de inmigrantes de la sociedad Hijos del Partido de Lalín. Se casaron. Compraron el conventillo” (11). Esta es la historia que Daniel Miranda, uno de los nietos, relata al periodista.
“Las historias de mis abuelos eran, en mi infancia, un ‘cuento’ interesante para mí –dije en una entrevista-. Ese tipo de narración familiar sin duda me marcó. Cada vez que se juntaban, mis parientes tenían dos temas de conversación, a saber: cómo cambió su vida al llegar a América y cuándo iban a ir de visita a su tierra” (12).
Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)” (13).
Aún hoy perviven las recetas de la abuela. En su restorán, los hermanos Morales hacen la empanada gallega tal como la hacía Manuela Eiras en Padrón, según la receta que trajeron de La Coruña hace cuarenta y tres años (14).
“¿Quién puede decir con seguridad que su receta de empanada gallega es la auténtica? –pregunta Alicia Delgado. Hay tantas empanadas como abuelas gallegas, y todas son válidas mientras no transgredan ingredientes y técnicas básicas (que no a todos les importan si el resultado es rico). La empanada gallega de Doña Tere, un restaurante con pocos meses de vida y antecedentes en Cariló, lleva una masa de pan crocante, la que preparaba la abuela de Héctor Rodríguez, muy apropiada para contener el relleno, en este caso una mezcla de diversos pescados desmenuzados más cebolla, ajíes y otros aromas; por cierto sabrosa, bien presentada con hojas frescas aderezadas” (15).
Silvia Puente recuerda a sus mayores y la herencia espitirual que le dejaron:
"Mi abuelo paterno era carpintero; mi abuelo materno editaba un periódico titulado Galicia. Por suerte para mí, vivían con nosotros. El domingo era el día más bello de la semana. En primer lugar, porque era el único en el que nos permitían dormir hasta tarde. En segundo lugar, porque era el más inquietante: ese día aprendíamos más que en la escuela.
Para cuando mi hermana y yo estábamos bañadas y bien vestidas, ya se había armado la ronda de hombres presidida por mis abuelos, en el patio, bajo la sombra del naranjo. Allí estaban sus amigos, y los hombres más jóvenes: mi padre y mis tíos.
¿Qué edad tendría yo entonces, si sentada en un sillón de jardín mis pies no llegaban a tocar el piso?
¿Qué decían esos hombres?, ¿qué hacían? Leían los diarios y los comentaban en voz alta. A veces discutían acaloradamente, y ya sabíamos que entonces aparecerían mi madre o mis tías para decir que bajaran la voz. La orden se cumplía, pero la discusión seguía. Era apasionante, y aunque mi hermana y yo aparentemente no entendiéramos nada, entendimos todo.
Era una época en la que las mujeres estaban en la cocina y sólo los hombres leían el diario. Le agradezco a mi madre el habernos permitido elegir entre la cocina y el patio. Le agradezco esa libertad cuidadosa, la misma que mi hija me agradece hoy a mí.
Elegido nuestro camino, y aun cuando pasaron muchos años antes de que pudiéramos usar medias de seda, seguimos los domingos, junto a esos hombres, la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría, las primeras aventuras espaciales, los golpes de Estado, el peronismo y el antiperonismo. Compartimos también las etapas en que a algunos de ellos les tocó la cárcel por elegir que iban a seguir leyendo y opinando según sus propias convicciones" (16).
"Con estas obras Néstor Goyanes, artista gráfico argentino, cierra una etapa que empezó hace algunos años con la serie del "Arbol de la Identidad".
Todo comenzó en un viaje a Galicia, esa tierra de los abuelos que lleva en el alma, con las cartas que su madre celosamente guardaba de "los parientes" que vivían allá, con las estampillas, con los sobres, con esas piedras que formaban el "Puente de la Abuela Petra", su primera litografía de gran tamaño. De allí en más siguieron unas series de obras sobre el "Arbol de la Identidad", donde la figura de la madre y el abuelo se repetían constantemente en una especie de danza profunda y sentimental, enlazados por cartas de torpes caligrafías y de errores gramaticales, pero llenas de algo que jamás se encontrará en un diccionario o enciclopedia: el amor y el sentimiento".
Notas
1 Schoo, Ernesto: “Mis aprendizajes Memorias”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de noviembre de 2005.
2 Freire, Susana: “Lolita Torres. Una voz que le cantó a los corazones”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de septiembre de 2002.
3 Cortez, Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar. Reproducido en www.galespa.com.
4 Barros, Julio César: “AL CONTRARIO DE LO QUE DICEN El abuelo de Cortez”, en La Unión digital, Edición Número 2572, Lunes 1 de Marzo de 2004, www.launion.com.ar.
5 Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
6 Garzón, Raquel: “ENTREVISTA CON MARIA G. HENESTROSA Bajo el signo del folletín”. (Foto: David Fernández), en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2002.
7 Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005.
8 Muleiro, Vicente: “El mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
9 Madrazo, Cecilia: “Martín Seefeld: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
10 Demare, Silvina: “Cecilia Figaredo METIDA EN EL BAILE”, Fotos: Alejandra López, en Clarín Viva, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2005.
11 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
12 Ferrer de Carrau, Margarita: “CONVERSACIONES EN EL FILO DEL MILENIO, Entrevista a María González Rouco”, en El Tiempo, Azul, 3 de septiembre de 2000.
13 Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en Floresta y su mundo. Año 9, N° 106. Febrero de 1999.
14 En La Capital de Mar del Plata.
15 Delgado, Alicia: “Otra cocina española en Palermo”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 30 de abril de 2005.
16 Puente, Silvia: "En domingo aprendí a pensar", en La Nación Revista, Buenos Aires, 25 de marzo de 2007.
17 Gil, Rafael: en "de Cartas, Barcos y Trenes", catálogo de la muestra de Néstor Goyanes en Ática Galería de Arte, mayo de 2008.
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Argentinos
Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: “Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda” (1).
La historia de un café tiene que ver con un inmigrante: “Tan cheto, tan cheto, pero La Biela empezó siendo, en 1850, una pulpería de un gallego que le quiso poner La Veredita, pero le salía ‘viridita’ “ (2).
García Meróu destaca la importancia de los Juegos Florales del Centro Gallego: “Los Juegos Florales, en que obtuvieron premios Andrade, Oyuela, Castellanos, García Velloso, etc., produjeron un pequeño movimiento literario que debe ser estudiado y apreciado por todo el que quiera reflejar, aunque sea de una manera superficial, las manifestaciones del intelecto argentino en la época contemporánea” (3).
José Navarro y Humberto Sánchez fundaron la conocida tienda marplatense “Los gallegos”. “Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes”. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. “Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda...” (4).
Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría “El Progreso” los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. “Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición” (5).
Otros gallegos viajaban a Ushuaia. “ ’El Gallego Penitenciario’ ocupó un rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada en un lugar central del Museo del S.P.F. ‘A principios de siglo los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá’, recuerda el alcaide mayor retirado Horacio Benegas, asesor del museo y jefe de visitas de la Unidad 16 en los 60” (6).
Daniel Yarmolinski y Graciela Pesce relatan una anécdota que tiene como personajes a Discépolo, Tania y un gallego: “Nos cuenta Francisco García Giménez que alguna vez escuchó junto con otras oersonas, el siguiente relato de boca de don Enrique Santos Discépolo (Discepolín): En los días que nos llegaban mal barajados por la suerte contraria, un 24 de diciembre estábamos en casa solos, secos y amargados. De repente, llamaron a la puerta. Tania, mi mujer, fue a abrir... ¡Era el gallego del almacén de enfrente con una canasta repleta!... Desde la avellana al turrón, desde las pasas de uva a la sidra: ‘como ustedes no me hicieron ningún pedido, me atreví a traerles esto. No se preocupen me lo pagarán cuando puedan’. ¡Lo machuqué de un abrazo! Tania, emocionada se puso a llorar” (7).
Francisco Gil nació en Vilar, Pontevedra, en 1915 y llegó a la Argentina a los cinco años. Fue “un gallego que se sintió argentino y organizó durante décadas encuentros entre autores y lectores, que son el antecedente más cercano a la Feria del Libro”. “En 1960, Don Francisco sintió nostalgias de su tierra natal y quiso visitarla. Sus amigos se ocuparon de cumplir su deseo. Agustín Pérez Pardella, escritor y capitán de navío, lo llevó en su barco hasta Pontevedra. El dinero para la estada provino de una rifa de una obra que donó Berni” (8).
En Mar del Plata, en noviembre de 2000, el diario La Capital publicó una nota de Esteban Turcatti titulada “El gaucho que conquistó el mundo”. En ella leemos: “Bernaldo Souto, poeta gallego, había traducido el Martín Fierro a ese idioma en el año 1980. Establecido en la Argentina desde hace muchos años, regresó recientemente de su tierra natal, Galicia, donde es muy conocido por su obra literaria y periodística. Allá brindó una serie de conferencias y presentó tres libros de poesías bajo el título ‘Luz y sombras’. Pero su mayor satisfacción fue enterarse que en fecha próxima, su traducción gallega del Martín Fierro será publicada por la Xunta de Galicia, en una edición bilingüe de lujo” (9).
“Hacia la época del Centenario –destacan Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- cuando la ola española supera a la italiana, los ‘gallegos’ (y especialmente los auténticos hijos de Galicia), asomarán tras los mostradores de almacenes, hoteles, restaurantes, bares y confiterías. La política de la ‘amalgama’ triunfará en el lugar menos previsto por sus ideólogos: la cocina (en todo caso, la cocina del conventillo se presenta como primer espacio de reconocimiento, negociación e integración). La gastronomía italiana será adoptada, resignificada y servida por cocineras y cocineros españoles en lugares públicos y en casas particulares. Se estaba produciendo, en todo caso, el fin de las ‘islas culinarias’ de los grandes contingentes migratorios: la revolución ‘que acaba estructurando las características esenciales del menú porteño. El menú porteño se define: no es otra cosa que los platos más emblemáticos de la gastronomía italiana junto con la carne criolla y algunos manjares españoles (tortilla de papas) y franceses (omelettes), cocinados y servidos por hijos de la península... ibérica. Las salsas tendrán una condimentación distinta (la ‘pomarola’ se olvidará del aceite de oliva), los tiempos de cocción serán otros, los ingredientes serán alterados, subvertidos u omitidos. (...)” (10).
Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para establecerse en América.
En España, un gallego que retornó sin haber podido “hacer la América” encontró en los manjares argentinos un medio de vida. Lo cuenta Norma Morandini: “como la patria es la infancia, el tiempo se evoca con los sabores que se perdieron. En una pastelería de la calle Menéndez y Pelayo, cerca de la plaza Cavia, se forma una fila para comprar. Un pequeño negocio donde se pueden conseguir medialunas, tarta de acelga, yerba, vinos argentinos y esa delicia que se arma como exclusividad nuestra, los sandwiches de miga. (...) lejos de lo que podría pensarse, el negocio no pertenece a ningún argentino. Su dueño, un gallego que vivió veinte años en la Argentina, al regresar encontró la prosperidad que le fue esquiva como inmigrante. Gracias a los sabores que se trajo del Río de la Plata, su negocio crece cada día” (11).
Algunos descendientes de inmigrantes se dedicaron al tango. No es muy amable la impresión que tenía Carlos Gardel sobre el tango ejecutado por españoles, ya que le dijo a Astor Piazzolla: “Mirá pibe, el ‘fueye’ lo tocás fenómeno, pero al tango lo tocás como un gallego” (12).
En casa de los Villafañe trabajó “una señora española”, de la que dice Javier, el titiritero: “tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: “La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora” (13).
“ ‘Si cantan, es ti que cantas; si choran, es ti que choras; i es marmurio de rio, i es a noite, i es a aurora’. Estos versos de Rosalía de Castro, así como muchos otros de tantos poetas gallegos pudieron oírse durante décadas en los labios de Lita Soriano (...) la actriz del decir gallego por excelencia y aquella intérprete de carácter que supo descollar en teatro, TV y radio, principalmente. (...) ‘Lita fue una trabajadora total de la actuación. Sufría mucho cuando no estaba activa. Su vida eran el teatro y sus sobrinos’, cuenta Roberto Trespando, que fue su esposo durante 40 años” (14).
Refiriéndose a quienes debían actuar como inmigrantes, dijo la actriz María Rosa Fugazot, en un reportaje: “Me crié entre actores capaces de hacer un italiano perfecto, un gallego, un turco, un judío perfecto. Actores que no imitaban un acento; sabían penetrar una psicología. Los personajes del sainete eran simples en apariencia, pero con nostalgia por su tierra y un gran amor al lugar que los había acogido. Eran seres complejos, que había que saber observar” (15).
La actriz Rita Cortese recuerda la presencia inmigrante en la sociedad: “Cuando yo era chica, los inmigrantes europeos eran algo vivo y cercano. Tanos y gallegos, como decíamos, estaban allí, al lado nuestro, en la calle, en el barrio. Pesaba su manera de ser y de hablar, sus costumbres, comidas, espectáculos. Formaban parte de nuestra vida cotidiana” (16).
Carlos Gorriarena evoca su infancia cosmopolita: “Mis primeros recuerdos son los de un barrio de casas bajas, espaciadas, deplorables; frescas en el verano por las enredaderas, los vastos espacios de las quintas que entonces, donde ahora también se levantan deplorables edificios altos, proveían de verduras a la pueblerina capital. Calles de tierra, con puentecitos que las separaban de las zanjas de las aguas servidas; también de las aguas de lluvias torrenciales, de las veredas también meadas por los perros y cubiertas por tramos de pastizales cortos. (...) Una población poco indígena, compuesta de inmigrantes armenios que por las noches se reunían en manadas para rememorar los asesinatos cometidos por los turcos... Polacos, italianos y gallegos” (17).
La confluencia de inmigrantes de distinta procedencia y de criollos permite que confraternicen y que conozcan sus cocinas típicas. En una calle porteña vivió doña Catalina, la madre de Miriam Becker. En una sentida evocación que escribe poco después de la muerte de la rumana, comenta que la anciana “De sus vecinos -españoles, italianos, argentinos del interior-, había descubierto que el mejor arroz con pollo lo hacía doña María, la gallega, pero sin panceta; lo rico que eran el grelo, la nabiza y la achicoria como los preparaban los Brunetta –los italianos saben comer verduras-, y que las empanadas con la carne cortada a cuchillo de doña Pepa eran mejores que con la picada común” (18).
Maximiliano Matayoshi es el autor de Gaijin, novela que ganó en 2002 el premio Primera Novela Alfaguara - UNAM.
El expresó: "Me fascina la cultura celta, los irlandeses y los escoceses. La primera atracción que tuve fue su rebeldía, su estar en contra del Imperio. Después hay un montón de miradas que tienen los celtas que son tan poco occidentales y tan ricas de por sí. Estudié inglés en Edimburgo y en Dublín. Me encantan. Son una cultura que se quiso acallar pero que peleó para salir a la superficie. Los irlandeses pelearon hasta el final, los escoceses pelearon hasta el final, los gallegos la pelearon yéndose, emigrando. Porque no siempre irse es escapar. Lo celta quedó como símbolo de la rebeldía" (19).
En “A Coruña, con sugestivos semblantes”, escribe Horacio de Dios: “don Amancio Ortega, que nació y sigue viviendo aquí, lanza los modelos que se extienden en todo el planeta al compás de sus tiendas Zara y marcas anexas que lo han convertido en uno de los diez hombres más ricos del mundo, según la revista Forbes. (...) Lo que ocurre es que su historia de éxito espectacular tiene mucho más que ver con la actualidad que el antiguo sueño de hacerse la América y volver a la patria chica para construir una mansión que demostrara a los vecinos qué bien les había ido. Los gallegos dejaron de emigrar y hoy son un ejemplo para seguir sin salir de su casa” (20).
John Argerich se refiere a algunos inmigrantes: “recordé una copla que cantaban los mozos gallegos del Munich que hay frente al Rosedal: ‘De Cádiz a Vigo/ de un salto llegué.../ Tan sólo por verte/ La punta del pie’ ” (21).
En “El gueto de Villa Crespo”, Alberto Benchouam escribe: “También se cuenta la graciosa historia de una gallega, encargada de un inquilinato que al ver aparecer a un niño llorando por un insulto, exclamó extrañada: pobre niño... qué culpa tiene de ser judío y se dice que en ese mismo mes increpó a un compadrito: Mire usted hace tres meses que me debe el alquiler de la pieza... sepa que aquí hay muchos que aunque son judíos y no los saca usted de esa por perdidos que estén... pagan puntualmente” (22).
En 2006 se vio en la Argentina la miniserie Vientos de agua, una coproducción del canal Telecinco de España, Pol-Ka y Cien bares (la sociedad de Campanella y el autor Eduardo Blanco. La dirigen Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Paula Hernández y Bruno Stagnaro (23).
Entrevistado por Sandra Russo, manifestó Campanella: “La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: “Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión”.(...) Cuenta Campanella que para los trece capítulos de Vientos de agua trabajaron dos años y medio. “Escribimos los dos primeros guiones cuatro autores juntos: Aída (Bortnik), Juan Pablo (Domenech), Aurea (Martínez) y yo. Fueron ocho meses. No sólo había que recrear la génesis de los personajes, sino el modelo de estructura sobre el que descansaría la historia. Mucho ida y vuelta, mucha reescritura. El resto de los guiones se llevó adelante desde marzo de 2004.” La idea de entrecruzar a un inmigrante asturiano analfabeto que abandona su tierra natal perseguido por la Guardia Civil con la de su propio hijo, un arquitecto que en 2001 cruza el Atlántico hacia España buscando cómo rearmar su vida y mantener a su familia, se le ocurrió al director mientras vivía en EE.UU., donde residió 18 años. “Un día, en Nueva York, me desperté a las cinco de la mañana para leer todos los diarios argentinos antes de ir a filmar, y pensé ‘pobre el abuelo, que no podía hacer esto’, pero después, destruido por la realidad argentina, me dije: ‘bueno, qué suerte que el abuelo pudo olvidarse de todo y empezar de cero’. O sea, el desarraigo, antes y ahora, es tremendo.” Y sobre el desarraigo cabalga Vientos de agua, porque tanto en el barco “Aquitaine”, que trae al asturiano Andrés Olalla a la Argentina, como en el piso madrileño en el que se hospeda muchas décadas más tarde su hijo, hay cubanos, húngaros, franceses, italianos, gente que por un motivo u otro tuvo que dejar su tierra y se hace mutuamente una compañía precaria pero al mismo tiempo férrea: la compañía que se hacen los desesperados. Allí nacen esas amistades que se mantendrán de por vida y los roces inevitables de los que intentan permanentemente mantener algún tipo de equilibrio”.
“¿Por qué Andrés es asturiano y no gallego? De las corrientes inmigratorias, la más identificable para los argentinos es la gallega. Quienes trabajaban en la miniserie dudaban. Hubo un par de elementos que inclinaron la balanza hacia Asturias. “La idea siempre fue serles fiel a todos los idiomas y dialectos. Se habla italiano, pero también genovés o comasco, por ejemplo. Y el bable, que es el dialecto asturiano, es menos cerrado y más parecido al castellano”, cuenta Campanella. “Pero además, Asturias es España, el resto es tierra reconquistada. Y hubo revueltas mineras en el ’34, que fueron la mecha que encendió la Guerra Civil. Así que tomamos el mundo minero de Asturias” (24).
En noviembre de 2006, me escribió Nisa Forti Glori, italiana radicada en la Argentina: "Yo estuve en Vigo-Nigrán-Bayona en abril-mayo y volví embelesada por la belleza de las rías y por la serenidad y 'honestidad' de los lugareños. Con decirte que cuando llegué, creo que a Santiago de Compostela, un empleado o funcionario en el aeropuerto me saludó así: 'Bienvenida a esta ciudad. Aquí no debe preocuparse por nada. Nadie la va a asaltar, ni a robar,ni hacerle daño. Dediquese a disfrutar su estadía. Queremos que vuelva'. Me sonaron a palabras celestiales".
El tenor Darío Volonté recuerda una anécdota que tuvo como personaje a un inmigrante:
“Trabajó para varias agencias de fletes y algunas empresas. ‘Cargué heladeras, bolsas de cemento, pianos, lo que fuera”, cuenta. Y empezó a tomar clases de canto con José Crea, su ‘único maestro’. Quien le hizo comprender que contaba con una voz de tenor que podía ser su instrumento. Una tarde, cuando se estaba yendo a su clase, otro fletero lo paró:
- ¿A dónde vas?
- A Temperley, a estudiar canto.
- ¿Se come de eso?
- Si a uno le va bien, sí.
El Gallego lo despidió con un mensaje ‘bien de inmigrante que se rompió el traste’, que Volonté no olvidaría jamás: ‘Entonces, estudiá’ “ (25).
Rolando Hanglin evoca a una mucama gallega: “Mi cuñada María José Ordóñez tiene una mucama de 80 años llamada Ricarda. Llevan juntas algo más de 50 años. No son muchas las tareas que Ricarda cumple hoy: es una señora mayor. Pero nunca será despedida. Jamás será sancionada. No piensa entablar litigio laboral. Porque María José y Ricarda pertenecen a la vieja alianza. Patrona y mucama, dos mujeres unidas en la riqueza y en la precariedad, la salud y la enfermedad, la suerte y la desgracia. Para siempre. La patrona (en este caso) paga la jubilación, algunos pesos para gastos y el plan médico privado. Uno de los buenos. Y la mucama vive en su casa de siempre, la casa de la patrona. Allí tiene su habitación, sus cuadros, sus fotos, su ropa, sus recuerdos. Así será, hasta que llegue la hora final para alguna de las dos. Naturalmente, Ricarda tiene sus hijos y sus nietos.Y los visita regularmente. Pero ya se sabe: es ley de vida, los hijos tienen, cada uno, su propia historia. Hoy por hoy, cada uno tiene que contar –para la vejez– con un puñado de seres queridos que ha elegido uno mismo. Su pareja, tal vez un hermano, algún amigo entrañable... ¡Y eso es todo! Así era antes. Mi tía Cándida Braga tuvo durante 50 años a doña Carmen García, oriunda de La Coruña. Y mi abuela Matilde contó con la morenísima Lucía, a quien poco y nada pudo pagar en los últimos años. Hasta que las dos murieron de viejas. En esa íntima alianza incondicional, cada una tenía su papel. La mucama era mucama. La patrona era señora. "La señora." Había códigos de respeto sacrosanto. Una daba las órdenes (nunca como una tirana caprichosa; eso no es de señora), la otra obedecía ligerito, pero sin servilismo. Cocinando y barriendo con un nivel profesional que ya no existe. Había jerarquías diferentes, pero al mismo tiempo solidaridad, ternura, afecto, compañía, decencia” (26).
Desde Madrid, escribe Silvia Pisani: "A los alcaldes españoles les ha dado por cuestionarse. No por chanchullos inmobiliarios -¿qué es eso?- sino por banalidades tales como las últimas causas aristotélicas. Ahí va un ejemplo: "Madrid, ¿qué pasaría si nunca pasara nada?", interroga -campaña publicitaria mediante- el ascendente regidor madrileño, Alberto Ruiz Gallardón.
Por pasar, pasa de todo. Incluso que la población rota, cambia, hace la valija, viene y se va a ritmo de vértigo. Hoy, según datos oficiales y a caballo de la fuerte corriente migratoria, uno de cada seis habitantes de la capital española es extranjero. Vienen de todos lados, de todas las lenguas y con una fuerte posibilidad de empezar su nueva vida como camarero.
Ellos llegaron y otros se van, desaparecen, se transforman o, como corresponde a la época, se reciclan. Y el cambio ahora se devora al mozo gallego, convertido en especie en extinción, en beneficio de la nueva camada de camareros que llegan sobre todo de América latina, y que, en vez del áspero "¿qué le pongo?" cuando uno se acerca a la barra, ofrecen, con voz temerosa, un "agüita" después de comer.
Se acaban los mozos gallegos. Y es posible que los últimos se encuentren en Buenos Aires, como una especie para proteger. Una estirpe que desciende de aquellos otros inmigrantes que llegaron cuando la ciudad no era una "actitud" sino una poderosa esperanza. Una mano servicial y entrañable que, como casi todo, un día crece. Y se va" (27).
"En febrero de 2008, comenta José Enrique:
"No soy gallego ni descendiente de ellos, quizá el hecho de haber nacido en la Quinta Provincia Gallega, Buenos Aires, me otorgue algun derecho sobre el tema, era apenas un hablante y estudioso del habla de nuestros vecinos brasileños hasta encontrame con una nasa cuya carnada era un escrito en Gallego Reintegracionista, entré en la nasa. Los gallegos saben que esas nasas de Normas Gramaticales tienen muchos agujeros y centolla o rodaballo que en ella entre sólo se queda adentro si le alcanza algun hechizo. Pues al diablo con las normas, Dónde están las palabras genuinas de los hombres de la tierra? Así este argentino que había navegado de la Bahía de San Salvador hasta las costas portuguesas, seguido el viaje hasta Angola, Timor y siempre más allá, acabó en las Villas de Corme y Laxe y raspando las piedras de la costa arrancando los frutos del mar con los perceberos de El Roncudo. Vivo en Australia y más allá del Tango y el Mate, aprender buen Gallego es la manera de dejaros bien claro que sois mucho mucho más que el blanco de nuestros "Chistes de Gallegos". Sólo una cosa, estos gallegos de Galicia no son ni la sombra de los gallegos de ultramar, no tienen | |