|
Andaluces
En testimonios
"En la Argentina el espiritismo fue introducido entre 1869 ó 1870 -no se ha precisado exactamente el año- por un inmigrante español llamado Justo de Espada. Según Cosme Marino, espiritista de la primera hora y renombrado periodista, primer director de "La Prensa" y autor de varias obras bibliográficas (Bases para la Formación de un Partido Liberal, Las Primeras Golondrinas, etc.) el citado de Espada, fue un malagueño que: 'Trajo consigo al espiritismo, cuya doctrina preocupaba entonces al elemento liberal y progresista que mediante la revolución del '68 se había extendido en España entre los intelectuales más avanzados'. (3)
De Espada consiguió al cabo de un tiempo reunir a cierto número de amigos que coincidían con él, formando una sociedad de experimentación cuyas sesiones tenían lugar en los altos de la farmacia de Arizabalo (situada frente a la iglesia de San Nicolás -Corrientes esquina Carlos Pellegrini). Esa fue la primera sociedad de tal carácter que se constituyó en Buenos Aires; también la primera del país" (1).
En “Los Fernández invaden Argentina”, José Luis Entrala Fernández recuerda, entre otros antepasados, a un maestro inmigrante: Antonio Fernández Osuna nació el 25 de febrero de 1841 en Encinas Reales (...) había salido del hogar paterno, para graduarse como maestro de enseñanza primaria tras unos estudios que probablemente haría en una Escuela privada de Maestros de Antequera y revalidaría en la Escuela Normal de Magisterio de Granada, o en la de Málaga. Antonio ejerció su profesión en Antequera, pueblo grande y rico en la provincia de Málaga. No hemos conseguido, hasta ahora, saber que clase de actividad desarrolló aunque lo más corriente en aquellos años era que los maestros impartieran clases en su propia casa. Seguramente Antonio trabajó así pero no podemos descartar que fuera profesor en alguna Escuela antequerana. Lo que sí sabemos es que se casó, apenas cumplidos los 20 años, con una sevillana de Gilena conocida por Gracia Hidalgo Cisneros (...) Gracia y Antonio pusieron casa en la Antequera de 1861 (...) No hay unanimidad de criterios sobre la economía de los Fernández Hidalgo pero no podemos ignorar que los sueldos de los maestros en aquellos años apenas llegaban para ir alimentando y vistiendo a la creciente prole que llenaba la casa (...) Seguían viviendo en Antequera hasta que la menor, Carmen, cumplió los 15 años. Fue entonces cuando desde Argentina se pidieron maestros españoles para trabajar "en la campiña" de la provincia de Santa Fe, con contratos por tres años y un sueldo de 60 pesos mensuales cuyo valor adquisitivo no acierto a fijar. Pero debía ser bastante porque Antonio, que ya tenía 48 años y cinco hijos en casa (todos menos la mayor, Pepa, ya casada, y Fernando, fallecido en la infancia) no dudó en emigrar hacia el Dorado que entonces representaba la Argentina para los españoles. Antonio, Gracia y sus cinco hijos se embarcaron en el trasatlántico “Provence” seguramente en Gibraltar, aunque la travesía se había originado en Barcelona, y se marcharon para no volver jamás a la Madre Patria. (...) En Argentina hacían falta maestros para enseñar en los pueblos. La ley de Educación Común de 1884, mediante la cual el gobierno de Juárez Celman quiso elevar el nivel de la enseñanza primaria en el país, había concluido su primera fase con la construcción de numerosas escuelas en pequeños núcleos rurales de todo el territorio argentino. Y entonces surgió un grave problema por la falta de maestros que las regentaran. Los escasos titulados de nacionalidad argentina no querían dejar las grandes ciudades. Así que el gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel Gálvez, cortó por lo sano y resolvió contratar 60 maestros trayéndolos de España por razones de "idioma, raza y religión". Para ello se constituyó en Madrid una comisión encargada de buscar candidatos que, eso si, debían superar una larga serie de requisitos tales como "celo por su trabajo, cumplimiento del deber, cumplimiento de la Fe Católica y resultados comprobados de eficiencia en la labor docente”. Antonio, cumplía todos los requisitos con su larga experiencia antequerana, y fue uno de los 60 seleccionados que viajaron entre febrero y junio de 1889. Concretamente llegó a tierras argentinas el 7 de abril de 1889 para incorporarse a la escuela de San Carlos Centro, pueblo muy cercano a Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de su nombre donde tomó posesión el 13 de abril del mismo año. En el Archivo General de la provincia de Santa Fe (página 202 del “Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe”) se guarda el “decreto sobre varios nombramientos escolares” con la cita expresa de Antonio Fernandez Osuna como “profesor de la graduada de varones de San Carlos Centro”. Está firmado, por el gobernador Gálvez y por Juan M. Caffarata, el 7 de junio de 1889 pero con efectos retroactivos desde el anterior 13 de abril. Esto significa que Antonio comenzó a trabajar y a generar sus 60 pesos mensuales de sueldo seis días después de su llegada a tierras de América. (...) El Colegio Rural de San Carlos Centro se abrió el 23 de septiembre de 1873 y Antonio Fernández Osuna fue contratado como maestro titular 16 años más tarde. (...) Cuando se cumplieron los tres años del contrato Antonio decidió volar por su cuenta y se trasladó a la cercana Santa Fe donde para ganarse la vida impartiendo clases particulares a la flor y nata de la sociedad local. Se instaló con la familia en una casa de la santafesina calle Buenos Aires, entre la 25 de Mayo y San Martín (...) Antonio Fernández Osuna y su familia vivieron en Santa Fe desde abril de 1892 y una fecha indeterminada de 1894. Tampoco sabemos cómo le fueron las cosas con las clases particulares pero lo más probable es que la situación no estuviera muy desahogada porque Antonio optó por un nuevo traslado, esta vez a Buenos Aires. No sabemos cómo pero consiguió un empleo en el Ministerio de Economía, en calidad de inspector de Rentas Internas (algo así como lo que en España se llama inspector de Hacienda). (...) tanto Antonio como la mayor parte de sus hijos, mejoraron en todos los sentidos, gracias a la decisión de emigrar. Hay documentación que nos permite fijar a la familia en el año 1894 viviendo desahogadamente en Buenos Aires, en la calle Pasco número 24. Todos menos Concepción, que se había quedado con su Bartolomé Martina, procreando hijos en San Carlos Centro. De la vida y la muerte del inspector Antonio poco o nada sabemos. Solamente conocemos dos datos. Que en 1922 seguía en Buenos Aires con sus 81 años cumplidos en una buena casa de dos plantas en la calle Belgrano, y que tuvo la mala suerte de caerse al subir a un tranvía justo el día que había ganado 12.000 pesos en la lotería y corría alborozado a su casa para anunciar la buena nueva a su mujer Gracia. Dicen que entre la caída y la edad Antonio falleció dejando su nueva Patria argentina sembrada de hijos y nietos. No sabemos la fecha exacta pero debió ser en el año 1923”.
Manuel de Falla nació en Cádiz en 1876. Fue “pianista y compositor. Protagonista del nacionalismo musical español, obtuvo el Primer Premio de Piano en 1899. (...) Incursionó en el mundo de la zarzuela y estrenó Los amores de la Inés (1902). En 1904 comenzó a trabajar con el escritor Carlos Fernández Shaw en la ópera La vida breve, que le valió el premio de la Academia de Bellas Artes (1905). En 1907 viajó a París, donde se vinculó con Paul Dukas, Claude Debussy y su compatriota Isaac Albéniz. Los cuatro conformaron una tertulia que alentó el tránsito del romanticismo al impresionismo musical. Establecido en Francia, comienza a trabajar en Siete canciones populares españolas (1912). La Primera Guerra Mundial lo obligó, en 1914, a retornar a España. Allí compuso la música para ballet El amor brujo (1915), El retablo de Maese Pedro (1922) y muchas otras piezas. Su último trabajo fue La Atlántida, que quedó inconcluso y fue finalizado por un discípulo suyo después de su muerte. En 1939, al terminar la Guerra Civil Española, se radicó en la Argentina, donde se convirtió en un referente para numerosos músicos argentinos, como Alberto Ginastera, interesado en plasmar una música clásica de raíz nacional” (2). Falleció en Córdoba en 1946.
En un artículo, Claudio Ratier recuerda una anécdota relacionada con los últimos días de vida del músico (3); en otro, se conmemoran los sesenta años de su llegada (4).
El editor Antonio Zamora nació en Andalucía en 1896; falleció en Buenos Aires en 1976. Escribe Roberto Romero que Zamora “Cincuenta años de actividad editorial -hasta un libro por día en la época de mayor producción literaria- estuvieron matizados con cárcel y exilio, un signo distintivo de quienes emprendieron la única lucha posible sin las armas: la de las ideas. Tan intensa como su producción editorial fue su vida sentimental, con tres matrimonios y cinco hijos. Antonio Zamora falleció en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1976 a los 80 años. En el sepelio, Elías Castelnuovo, su gran amigo durante seis décadas, se despedía con estas palabras del editor y militante socialista: "...pasarán muchos hombres, se harán muchas obras, pero lo que hizo Antonio Zamora a favor de la cultura del país, eso no pasará jamás’ " (5).
Francisco Ayala nació en Granada en 1906. “Desde muy joven se destacó como novelista y cuentista. En 1939 se exilió a Argentina, donde fundó la revista Realidad. Después pasó a México, Puerto Rico y E:E:U:U. Fue profesor de sociología en varias universidades. En sus obras, Ayala plasma su experiencia e ideología personales, cierto tono irónico y escéptico y una fluida narración” (6). En la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, en abril de 1992, Su Majestad el Rey de España expresó lo siguiente: “Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destino cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos” (7).
Rafael Alberti nació en Puerto de Santa María, Cádiz, en 1902; falleció en su tierra en 1999.
Perla Rotzait relata que, en la Argentina, “la vida no era fácil económicamente para los Alberti. María Teresa no podía trabajar en la radio, la televisión, el teatro ni el cine, por ‘roja’, a pesar de su amistad con Delia Garcés, quien había interpretado una película con un guión escrito por María Teresa. Pese a todas esas prohibiciones, trataba de ganarse la vida con su ingenio y capacidad. En esos momentos difíciles, Luis Peralta Ramos le rogaba –así es la amistad- que le vendiera algún ícono u otro objeto que ellos habían traído de algún viaje” (8).
De esta época es La arboleda perdida, autobiografía de Alberti, en la que escribe: “Y ahora, esta afiebrada tarde del 18 de noviembre de 1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias”. Y luego, en julio de 1959: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (9).
Luis Alberto Quesada "Nació en Buenos Aires en 1919. Su familia era de Málaga. Sus padres contrajeron matrimonio en Buenos Aires a donde había emigrado la familia de su madre en busca de trabajo. Su padre había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga y fue compañero de Picasso. En Buenos Aires estuvo trabajando como profesor de dibujo, pero no se adaptaba bien a la vida aquí y regresó con su mujer a España instalándose en Madrid. Luis Alberto era el menor de cinco hermanos. Su padre, de tendencias progresistas, pero sin militancia política ni religiosa, los inscribió en el colegio protestante "El Porvenir" de Madrid, una escuela mixta cuyos profesores eran republicanos. Vivían en el barrio de Cuatro Caminos. En 1935 Luis Alberto era miembro de las Juventudes Comunistas. El inicio de la guerra truncó su decisión de iniciar estudios de perito agrícola. Militó en las Juventudes Socialistas Unificadas y tuvo responsabilidades políticas en el ejército republicano. Al final de la guerra se exilió a Francia pasando por varios campos de concentración. Al estallar la segunda guerra mundial formaba parte de una Compañía de Trabajadores que fue llevada a la frontera con Bélgica para trabajar en las fortificaciones de la línea Maginot. Tras el inicio de la ofensiva alemana contra Francia, huyó en bicicleta hacia el sur llegando a Burdeos. Aquí contrajo matrimonio con Asunción Allué. Nada más nacer su hijo pasó a España. Al cabo de pocos meses fue detenido. Conoció las cárceles de General Porlier, Carabanchel, Alcalá de Henares y Burgos, donde permaneció trece años desplegando una gran actividad reivindicativa y cultural. En 1959 fue puesto en libertad y el gobierno le expulsó de España conmutada la pena de cadena perpetua por la de extrañamiento perpetuo. Se instaló en Buenos Aires donde desarrolló desde entonces una intensa actividad en pro de la libertad de España. Es autor de varios libros de cuentos y poemas" (10).
El escribió que, al asumir Franco, "El éxodo de los españoles es casi general. Ha llegado la paz. 'Ha estallado la paz', como se dirá entre el pueblo. Las caravanas pasan la frontera francesa, los hombres huyen al monte para no ser asesinados... Más de diez mil campos de concentración se abren. Cientos y cientos de cárceles habilitadas" (11).
Manuel García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España natal. En Buenos Aires combinó sus estudios de arquitectura con la creación publicitaria, hasta que, en 1952, logró su primer éxito: Pi-pío, personaje adoptado por la revista Billiken. Desde entonces se dedicó de lleno a los dibujos animados. En 1959 formó su propia empresa de publicidad, con la que realizó más de 800 comerciales, entre ellos Los gatitos de lanas San Andrés, ganador del primer Martín Fierro otorgado a una animación. (...) En 1964, García Ferré creó uno de sus más relevantes éxitos: la revista Anteojito. Dirigida al público infantil, se pobló de personajes de singular genialidad, como Calculín y Petete. Fue el inicio de una labor editorial dedicada a los niños, que incluyó la publicación de clásicos de la literatura hispanoamericana y gran cantidad de material didáctico. Dejó de publicarse en enero de 2002. La labor cinematográfica de García Ferré se inició en 1973 (...)En 1999 se estrenó Manuelita, una recreación del personaje de María Elena Walsh. Pantriste es, hasta ahora, el último personaje de García Ferré y principal protagonista de su película Corazón, las aventuras de Pantriste (2000), donde reaparecen muchas de sus primeras creaciones” (10).
A criterio de Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “La tradición marinista en el Arte de los Argentinos tiene tres nombres que son hitos fundamentales: Eduardo De Martino, marino y pintor italiano, Justo Lynch y Oscar Vaz. Tres generaciones sucesivas que se transmitieron una a otra sus conocimientos y que esgrimieron con orgullo su vinculación de maestro a alumno. Hijo de inmigrantes andaluces, Oscar Vaz nació en Barracas el 10 de octubre de 1909. Recorrió los muelles desde niño, acompañando a su padre en su tarea de despachante de aduana, y así comenzó su amor por el Riachuelo” (11).
Eladia Blázquez agradece que sus padres hayan sido tan amplios de criterio, aunque su formación terminó siendo autodidacta: “En mi casa aprendí a ser libre. Mis padres eran españoles, él obrero y ella ama de casa. Podían haber sido muy cerrados pero no. Vieron pronto que tenían una hija artista, desde que me dieron el primer juguete musical: tuve mis xilofones, mis pianitos, que venían con la escala completa y afinada. Y no me obligaban a sentarme a comer si prefería encerrarme a hacer música. (...) Mis padres, dentro de sus humildes medios, me pusieron profesores de música que al poco tiempo aconsejaban: ‘Déjenla, déjenla cantar y tocar sola, tiene algo innato’ ” (12).
En "Un recuerdo a Eladia" escribe Antonio Rodríguez Villar:
"Había nacido «en un barrio donde el lujo era un albur», allá en Avellaneda. Por eso, siempre, tenía «el corazón mirando al Sur». Como el Gordo Troilo -de quien era muy amigo y se tenían una gran admiración mutua- nunca dejó su barrio. Lo sentía y allí tenía calados sus afectos primeros a los que convocaba para pensar, para estar con familiares, para recordar sus raíces.
Su madre era de Granada y su padre de Salamanca, dos ciudades mágicas de nuestra España. Cuando nos reuníamos con Eladia, siempre nos acordábamos de aquella copla del poeta mexicano Antonio de Icaza: «Dale limosna mujer,/ que no hay en la vida nada,/ como la pena de ser,/ ciego en Granada».
Eladia era una excelente intérprete. Sus grabaciones lo atestiguan. Pero prefería componer, «Si el oficio de cantar es hermoso porque permite la comunicación directa y rápida, -decía-, mucho más lo es el de la creación. Esa condición sin tiempo, esa fuga de la realidad, ese transmutarse en miles y miles de seres que piensan y sienten como nosotros, y que esperan encontrar en nuestro leguaje el idioma de su sensibilidad». Y vaya si dominó esa sensibilidad creativa.
Fue autodidacta, si bien una mujer finamente culta. Ella misma decía que había sido muy mala alumna y que terminó el ciclo primario a los ponchazos. «Después, -comentaba-, traté de cultivar la lectura, las amistades y mis propias experiencias para suplir en parte esa falta de información. Por lo tanto, -agregaba con cierta sorna-, si no escribo mejor no es porque no sé es porque no puedo».
Era alegre, vivaz, sarcástica, con un finísimo sentido del humor y de la ironía. Pero también era retraída. Quiso estar siempre distante del halago, quizá por tener que sobrellevar una gran timidez, la timidez del talento que sabe que todo es perfectible. Quienes no la conocían bien, podían pensar que era callada o distante. Nada de eso. En reuniones pequeñas, -las que prefería-, era una castañuela: graciosa, alegre, ocurrente, simpática, mordaz, burlona. Surgían allí, como una avalancha incontenible, todos sus ancestros andaluces" (13).
El dibujante Quino nació en Mendoza en 1932. Es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años. (...) Nací en Mendoza en una familia andaluza, en un barrio donde el panadero era español, el verdulero, italiano, el otro comerciante, libanés. A los primeros argentinos los conocí en la escuela. Todos mis parientes eran españoles. Desde chico tuve una visión muy amplia. Quizás por eso a Mafalda la quieren tanto en tantas culturas distintas. (...) Honestamente me siento más cerca de un campesino del Mediterráneo que de un indio del Altiplano. Yo sé que decir esto no cae bien, pero es la verdad. Quisiera estar más atado a las raíces del lugar donde nací” (14).
En otra entrevista, dijo: “Yo me lo pasaba jugando, matando cucarachas y hormigas y sin ningún contacto con la Mendoza de afuera. Así fue que llegué a la escuela primaria hablando en anadaluz, con conflictos expresivos y de comunicación. Supongo que eso me hizo elegir el dibujo como medio de expresarme” (15).
En 2005 recibió el título de Caballero de la Orden de Isabel la Católica y fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como “un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro”. Se refiere asimismo a una tía: “En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos”. Esta experiencia fue también muy importante para ella: “Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas” (16).
En El tango en su etapa de música prohibida, escribe Juan Sebastián Tallón: “En los años 5, 6, 7 y 8, ‘El Cívico’, que transitaba de los veinticinco a los veintiocho de su edad, vivía en la pieza número 15 de El Sarandí, conventillo situado en la calle epónima, entre Constitución y Cochabamba. Su profesión consistía en la explotación de su mujer, ‘La Moreira’, y en la pesca y tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional (albaneses); ella, hija de andaluces gitanos” (17).
Una andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini: “Bastó con ver su aspecto, para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra la imagen habitual del ‘escritor prestigioso’, quien apareció allí era Horacio Quiroga” (18).
“Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo. Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraido y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace” (19).
La decisión de una inmigrante fue fundamental en la historia de los Prebble argentinos. Cuenta Carlos Prebble: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’, en homenaje al barrio en el que había vivido. Su hijo Edwin vino años después a trabajar él también en los ferrocarriles. Se casó con una andaluza, y tuvo tres hijos. Edwin murió joven. Entonces, Charles Prebble ofreció a su nuera, Inés Ajamus, costear el viaje de ella y los tres hijos del matrimonio, para que los niños se educaran en la tierra de su padre, a expensas del abuelo. Ella no aceptó, y así fue como los Prebble se quedaron en la nueva tierra”.
Horacio Spinetto se refiere a un español paragüero y sus descendientes: “En Talcahuano al 900 funciona la paragüería "Al Ambar". Horacio Ricci trabaja con exquisitez, ya sea cambiando empuñaduras o reparando las telas. El sabe que su negocio forma parte de la historia de la ciudad, y que además el es uno de los últimos paragüeros de Buenos Aires, situación que lo enorgullece, pese a que el oficio dejó de ser lucrativo hace rato. Horacio es la tercera generación al frente del local. En una nota publicada en la revista "Caras y Caretas" del 4 de noviembre de 1933, Félix Lima, su autor, al referirse a don Ildefonso Rodríguez Campos lo distingue como "el bastonero mayor de Buenos Aires". Ildefonso había llegado desde su Cádiz natal, en 1890, el año de la Revolución Radical, traía consigo un torno a pedal. Al poco tiempo abrió "Al Ambar" en un local de Uruguay 770. Por aquí pasaron personajes de la talla de Hipólito Yrigoyen, Elpidio González, Benito Villanueva, Marcelo T. de Alvear y Carlos Saavedra Lamas, entre muchos otros. El negocio se mudó primero al 744 y luego al 361 de la misma calle Uruguay. "Todos señores muy de llevar bastón", decía Estela Rodríguez de Ricci, hija de Ildefonso y madre de Horacio. La especialidad de Ildefonso era el ámbar, ya fuera en puños de bastón, boquillas, pipas cuyas cazoletas representaban cabezas de viejos marinos, sirenas y leones a la manera de mascarones de proa. Con el tiempo el rubro principal fue el de los bastones, que se producían artesanalmente, ya fueran de java, amouret, lapacho, palo santo, virapitá, laurel, guindo, coligüe y ébano, a veces con puño de carey o marfil. El Príncipe de Gales se llevó, admirado por su calidad, tres bastones con puño de madera forrado en cuero de chancho. Poco después se sumaría el rubro de los paraguas y las sombrillas, que terminaron siendo los protagonistas. En 1946 "Al Ambar" se mudó al local anterior, de Talcahuano al 1000. Entre la clientela destacamos a Ignacio Corsini, Angelina Pagano, Santiago Gómez Cou, Niní Marshall, Arturo García Buhr, Zully Moreno y Delia Garcés. Los 110 años de vida de "Al Ambar" forman parte de la memoria porteña, mientras espera cumplir muchos más” (20).
Notas
1 Bra, Gerardo: "Sectas. Los extraños caminos hacia el infinito", en www.magicasruinas.com.ar.
2 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
3 Ratier, Claudio: “Una prueba de inmortalidad”, en La Nación Revista, 16 de abril de 2000.
4 S/F: “Un amor desembrujado”, en La Prensa, Buenos Aires, 10 de octubre de 1999.
5 Romero, Roberto D.: “Cultura sexual y física” "De eso sí se habla". Publicado en: Historia de Revistas Argentinas. Tomo III. AAER en www.learevistas.com.
6 S/F: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor, 1999.
7 Rey Juan Carlos de España “Palabras de SM El Rey”, en www.terra.cultura.es. Premios Cervantes.
8 Barón Supervielle, Odile: “Alberti en Buenos Aires”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de diciembre de 2002.
9 Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1980.
10 BIOGRAFIAS DE EXILIADOS, en Fuente Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC) - Nº 6 / 2000. Reproducido en http://www.exiliados.org/paginas/Conservar_memoria/Biografias_Q.htm
11 Quesada, Luis Alberto: "Prólogo", en Marcos Ana, López Pacheco y Luis Alberto Quesada: España a 3 voces. Buenos Aires, Ediciones La Rosa Blindada, 1964. 212 páginas. Grabados de José Ortega. Colección de poesía dirigida por Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri.
12 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002. Foto: www.cinelatinoamericano.org.
13 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Oscar Vaz (1909-1987). Catálogo de la muestra efectuada en Zurbarán en diciembre de 2005.
14 Madrazo, Cecilia: “Eladia Blázquez: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
15 Rodríguez Villar, Antonio: "Un recuerdo a Eladia", en http://www.todotango.com/Spanish/biblioteca/cronicas/cronica_eladia.asp.
16 Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
17 Amato, Alberto: “Justo a él le tocó ser Quino”. Fotos EFE, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004. Foto: www.sobremafalda.com.
18 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Ana María Bovo. ‘El poder de los sin poder’ “, en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
19 Tallón, Juan Sebastián: El tango en su etapa de música prohibida, citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
20 Adamovsky, Ezequiel y Bombini, Gustavo: Para noche de insomnio. Textos de Horacio Quiroga. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991.
21 Heller, Diego: “Pobre mi nona querida”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
22 Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Paragüero y el Bastonero”, en www.dgpatrimonio.buenosaires. gov.ar.
En memorias
José María Torres, nacido en Málaga en 1823, falleció en Entre Ríos en 1895. En Juvenilia (1), Miguel Cané lo evoca con gratitud: "En cuanto a mí, creo haber contribuido no poco a hacerle la vida amarga, y le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor".
Notas
1 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
En periodismo
En la revista Caras y Caretas (1) se lee que por la Avenida de Mayo transitaba el vendedor de cigarrillos, un andaluz que pregonaba:
¡Qué distraídos, andéis!
¡Qué distraídos!
¡Miraise bien los bolsillos!
¡Habéis orvidao los cigarriyos!.
Alvaro Abós se refiere a la ascendencia de Regina Pacini: "Ella había sido llamada Regina por haber nacido el Día de Reyes de 1871. Vino al mundo en la rua de Loreto. Era hija de una andaluza, Felicia Quintero, y de un italiano, Pietro Pacini, director escénico del Real de San Carlos y autor de noventa óperas". Al enterarse de que Regina se casaría con Alvear, "También Felicia estuvo en contra de la boda porque no quería que su hija dejara de cantar. La tirantez entre suegra y yerno duró toda la vida" (2).
El diario mendocino Los Andes recuerda que, en 1993, "Murió Miguel de Molina, cantante español. Famoso tonadillero en su patria, debió exiliarse en la nuestra en 1942, prácticamente expulsado por el franquismo, quien no veía de buen grado su manifiesto homosexualismo y su simpatía por la causa republicana. Vino a la Argentina, donde también pasó algunas penurias, aunque finalmente optó por quedarse. Poco antes de morir aquí, fue homenajeado en la embajada española con la Orden de Isabel la Católica. De algún modo la saga fílmica ‘Las cosas del querer’ cuenta su historia. Había nacido en 1907", en Málaga (3).
Notas
1.
2. Abós, Alvaro: "Grandes pasiones argentinas. Regina Pacini y Marcelo Torcuato de Alvear. El dandy y la diva del canto", en La Nación Revista, Buenos Aires, 9 de enero de 2005. Pp. 38-41.
3. S/F: "Un día como hoy", en Los Andes, Mendoza, 4 de marzo de 2002.
Novelas
A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (1).
En El juguete rabioso, de Roberto Arlt, relata el protagonista: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia” (2).
Eugenio Juan Zappietro narra, en De aquì hasta el alba (3), la historia de un irlandés que llegó al desierto en 1866, y el socio granadino que lo traicionó. La posta en la que vivían los Bary había sido construida por O’Flaherty, quien “juraba que Argentina era el país del futuro. No se equivocó por mucho en cuanto a la tierra; se equivocó de hombres, pero una lanza araucana había terminado con él para evitarle la amargura de comprobarlo”.
En La madriguera, escribe Tununa Mercado: "la guerra era también salvarse de la guerra, emigrar y buscar tierra de exilio (...)habían cuerpeado un destino los que antes huyeron de otras guerras acalladas por remotas e innombrables, como los pogroms, y la muerte también los alcanzaba en los sueños con aldeas devastadas por el fuego y sótanos de barcos sin rumbo declarado; cuerpeaban un destino refugiados de toda laya que se avecindaban en colonias, atolondrados por la fuerza de la lengua ajena y la incomunicación, y la muerte del ghetto se repetía en el silencio de los nuevos ghettos del destierro. Poco podíamos saber las niñas de ese estado de guerra y entreguerras pemanente: los fuegos de la guerra para muchos no eran más que la danza de Manuel de Falla aporreada por madres y tías en los cumpleaños y otras fiestas familiares, y cada cual asentía interiormente como diciendo qué destino el de este republicano, aislado en su casita de Alta Gracia, un gran músico, fíjese usted qué destino" (4).
En La fuga (5), film basado en la novela homónima de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Camilo Vallejo, uno de los anarquistas, habla con acento español y, al evadirse, es esperado por dos hombres con boinas vascas que lo ocultan en un carro lechero. En el film –al igual que en la novela- aparecen otros inmigrantes; entre ellos, Aldo Mazzini, el catalán Escofet, el mozo andaluz.
Belén Gache es la autora de Lunas eléctricas para las noches sin luna (6). En esa obra, relata la protagonista: “En 1890 mis abuelos llegaron a ese puerto, provenientes también de Sevilla. Junto con ellos traían a sus dos jóvenes hijas, que se habían pasado todo el viaje encerradas en sus camarotes vomitando. Venían a Buenos Aires porque mi abuelo, que trabajaba en el Banco de España, había sido transferido a esta sucursal del fin del mundo”.
A través de sus ojos, asombrados e intensos, vemos la Buenos Aires que se prepara para los festejos del Centenario. Una Buenos Aires cosmopolita, que evidencia un marcado rechazo hacia los extranjeros, quienes son vistos como una fuerza nociva que es necesario devolver a su tierra de origen. La visita de la Infanta exacerbará los sentimientos patrióticos de los hispanos afincados en la Argentina, y los sentimientos xenófobos de quienes se agrupan en la misteriosa Brigada del Nandú”.
“Editorial Losada publicó Mientras la luz se va, novela de Noemí Cohen (216 pp). Esta es la historia de Elena, una joven sefardí que viaja desde Alepo a la Argentina, a principios del siglo XX, para encontrarse con su futuro y desconocido esposo. Pero es también la parábola de Setti, a quien Elena conoce en el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única hija. Y es, además, la peripecia de Amparo, una andaluza alegre pero sumida en la desgracia de un novio muerto por amor a la anarquía en el sur argentino. Y es, entre otras, la historia de Elenita, la nieta adorada de Elena que, víctima de la última dictadura militar argentina, repite el camino de exilio de su abuela. Noemí Cohen ha creado, con esta novela admirable, un delicado tapiz donde se traman los destinos de un puñado de mujeres de ayer y de hoy. Las separan la edad, la lengua, la cultura o la religión, pero las une sutilmente una similar voluntad de conocimiento, de libertad, de belleza y de justicia” (7).
Notas
1 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.
2 Arlt, Roberto: El juguete rabioso. Buenos Aires, CEAL, 1981. Prólogo de Jorge Lafforgue. Pág. 5. (Capítulo).
3 Zappietro, Eugenio Juan: De aquì hasta el alba. Barcelona, Hyspamèrica, 1971.
4 Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets, 1996.
5 Mignogna, Eduardo: La fuga. Buenos Aires, Emecé, 1999.
6 Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
7 S/F: “Novela de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces, www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005. 216 pp.
Cuentos
Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” (1) relata que un andaluz de dieciséis años ganó la competencia de doma que se realizaba para las fiestas patrias: “El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos”.
En un cuento de Marta Lynch, “Chola, la hija del sastre, de la misma edad de Rosa, entró como si estuviera en su casa, con la pollera de volados de española en una mano y unas castañuelas alquiladas en la otra” (2).
Carmela, personaje de un cuento de María del Carmen García, era “una gitana como toda gitana, morena y habladora, activa y vigorosa, que criaba a sus siete hijos como si no le costara esfuerzo. La ropa siempre limpia y ordenada, la pieza pulcra donde no faltaba un altarcito para la Virgen del Rocío y una guitarra que a veces su Rafael sonaba con melancólicos rasguidos andaluces” (3).
Pierre Cottereau es el autor de “La abuela Augusta”, cuento en el que evoca un episodio de la ancianidad de un inmigrante andaluz. En los recuerdos del hombre, “Las mesetas se extienden hacia un horizonte claro, lejano; desde muy lejos llega el perfume de las manzanas en flor y los almendros son ramos blancos por doquier. Más allá, las praderas que bordean la ría están salpicadas de florecillas, desborda la primavera sobre toda Andalucía” (4).
En “La tierra del olvido”, escribe Nisa Forti Glori: “Con tu Andalucía en la sangre a la que siempre quisiste conocer y no sé por qué no te decidiste puesto que los medios no te faltan, pero papi, claro, tiene su edad y siempre hay alguna razón en las familias... Bueno, el hecho es que de tanto verte armar patios y fuentes con cerámicas azules y amarillas y cancelas de hierro labrado, Laís y yo nos ilusionamos con una expedición al ’territorio de los antepasados’ ".
Notas
1. Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
2. Lynch, Marta: “Entierro de Carnaval”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967. Pág. 129.
3. García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
4. Cottereau, Pierre: “La abuela Augusta”, en El Tiempo, Azul, 12 de octubre de 1997.
Poemas
En su poema “En el patio” (1), Evaristo Carriego elogia a una inmigrante andaluza:
Me gusta verte así, bajo la parra,
resguardada del sol de mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.
Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.
Leonie J. Fournier (2) evoca a los hispanos en un poema acerca de la Avenida de Mayo:
La Avenida donde están
Las agencias del lotero,
Los hoteles, los cafés
Donde nunca van de acuerdo
Los que discuten ‘sus cosas’,
andaluces, madrileños
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.
Notas
1 Carriego, Evaristo: “En el patio”, fragmento incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 53.
2 Fournier, Leonie J.: “Mi Argentina”, incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 48.
En teatro
En Los políticos, “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso”, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero andaluz que canta:
Con el vito vito vito
con el vito vito va
no me haga usted cosquillas
que me pongo colorá.
El se identifica como “Benito Pérez y Ciudad Real, barbero, soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país” (1).
En Bohemia criolla (2), de Enrique de María, aparece un Andaluz que canta
San José fue carpintero,
según la historia lo anuncia...
y por eso es que los Pepes...
(no hay regla sin excepción)
y por eso es que los Pepes
¡suelen ser unos virutas!...
En otra escena, aparecen “Un gallego, un Vasco, un Andaluz, un Criollo y Coro de hombres. Traen guitarra, acordeón, bandurria, etc., etc.”.
“En Mustafá, sainete que Armando Discépolo y Rafael José De Rosa escriben en colaboración, y estrenan en 1921, don Gaetano (tano típico del género) se entusiasma ante la fusión, la ‘mescolanza’, que se logra en las bulliciosas casas de vecindad porteñas” (12). Conversando con el turco que da nombre a la obra acerca del casamiento del hijo del primero con la hija del segundo. Destaca el clima amistoso del conventillo: “E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano: ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo!” (3) .
Notas
1. Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3. Discépolo, Armando y De Rosa, Rafael: Mustafá. Citado por Páez, Jorge en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
|
|
Aragoneses
En novelas
Manuel Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado de un conventillo: “El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz” (1).
Notas
1 Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
|
|
Asturianos
Indice
1. Introducción
2. Testimonios
3. Memorias
4. Biografías
5. Novelas
6. Cuentos
7. Televisión
8. Visitas guiadas
Introducción
En su trabajo “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (1).
“Según aumentaba el movimiento emigrador - explica Méndez Muslera-, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ”.
“La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada”.
“Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (la de Asturias se hallaba en Gijón), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente”.
Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)”.
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además, “en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”.
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: “En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar”.
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo). Esta emigración llegó a ser tan alta que en el sorteo de quintos de 1892 había un 78% de ausentes en el municipio de Soto del Barco. En el período de 1915 a 1920 en Asturias se llegó al mayor número de prófugos (exceptuando Canarias) llegando a ser más del doble de la media nacional. El emigrante no manifestaba que su viaje era una forma de evadirse de la ‘quinta’ (ni en el momento de la partida ni tampoco después, para no ser tachado de mal patriota)”.
“Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. El periódico ‘El Carbayón’ el 13 de enero de 1881 escribía ‘Dénles (a los labradores) tierra fértil que cultivar y arrendamientos ventajosos, más estimación y menos desdén, alívienlos de los impuestos y disminuyan el precio de arriendo; entonces la emigración disminuirá, porque nadie va a buscar lejos lo que puede hallar en su hogar’ “.
“También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración”.
Somao
El puerto de Somao fue durante el siglo XIX el “lugar por donde salieron de Asturias con rumbo a América los que hoy conocemos como ‘indianos’; Somao a una distancia de unos 10 km de este puerto del concejo de Muros del Nalón; envió a muchos de sus parroquianos a la emigración que durante esa época partía hacia México y Cuba principalmente”.
“Después muchos de ellos regresaron a su tierra con mayor o menor fortuna, algunos enviaban desde el otro lado del charco dinero para aumentar el nivel de vida de su pueblo, incitando también la formación de nuevos indianos. Todo esto fomentó la prosperidad del pueblo, consiguiendo nuevas escuelas (pagadas por estos) y grandes casas (algunas con panteones en su interior) y hasta hoteles, según nos cuenta Aurelio de Llano Roza de Ampudia en su libro ¿Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente’ (Año 1928): ‘Alrededor de muros se extienden huertas pobladas de árboles frutales y tierras bien cultivadas. Luego de pasar Somao, sitio donde hay bonitos hoteles y la vista alcanza extensos paisajes, el terreno que se ve a una y otra mano del camino, poco productivo’. Lo que nos da la idea del por qué este pueblo tuvo tanta emigración” (2).
En el mundo
“Valentín Andrés Alvarez en el libro ‘Asturias’ de editorial Nebrija (1978) dice: ‘Para hablar con exactitud de Asturias, hay que combatir, previamente, un error. Asturias no termina en los límites que se señalan dentro del mapa de España; es muchísimo más, porque nos pertenece; es Asturias un gran trozo de Madrid, donde hay más de setenta mil asturianos, y una gran parte de Cuba, de la Argentina y de Méjico, un barrio de Nueva York, casi toda la ciudad de Tampa, y etc,. etc. Si pensamos en el número de asturianos que hay por el Mundo y en la riqueza que poseen, nos damos cuenta de que Asturias tiene, fuera de sus límites, acaso tanto como dentro de ellos. Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica” (3).
En la Argentina
Refiriéndose al siglo XIX, Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti señalan que “la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes” (4). “Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país” (5).
Los españoles trajeron a la Argentina su tradición culinaria, en la que se destacan los aportes de las diferentes regiones: “Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. (...) los asturianos (aportan) la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino)” (6).
Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: “Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda” (7).
Testimonios
Pedro Fernández, asturiano de diecinueve años embarcado ilegalmente en La Coruña hacia la Argentina en 1899, escribe en su diario: “dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación”.
“Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (8).
Paco Rodríguez, conductor de "Caminando por España", programa que se emite por A.M. 1240 Cadena Uno, resume su biografía:
"Nacì en el Barrio de la Fuente, en la Panera, todavia existe.
Soy el segundo de tres, una hermana y un hermano.
Mis padres asturianos hasta el infinito. No conocemos el origen. Corresponden a familias muy antiguas, pero de labranza.
A los cuatro años comienza la gran contienda, la "Guerra Civil", soldados contra paisanos. Mi padre, que nunca le interesó la politica, desaparece una noche sin dejar rastro alguno, a los cinco años mi madre recibe una carta de America, Buenos Aires, era de el. Un amigo que residia aqui le pago el pasaje y en una noche le hizo los "tramites" del pasaporte y la documentacion necesaria. La guardo en mi poder. Desde entonces la comunicacion fue normal. Ya le presente a mi familia.
¿Que paso conmigo? Tengo una infancia con muchos problemas de salud. Era comun morir de tuberculosis, yo me salve, pero mis condecoraciones en los pulmones las llevo con gran "honor", pero mi problema no fue ver como los soldados tomaban a Tineo, como un avion lo bombardeo, como llevaban presos a los vecinos, no solamente porque tuvieran alguna idea politica, sino porque otro vecino afin del gobierno, conocido, le tenia bronca, lo denunciaba, era detenido y de alli en adelante podia ser fusilado, sentenciado a tantos años y un dia de carcel, ese dia llegaba cuando las autoridades responsables de llevar el orden y la tranquilidad al pueblo se les ocurria dejarlos libres.
Aproximadamente en el año 1940, no estoy seguro, en Tineo desde la iglesia se procede a hacer un censo de niñas y niños, mi madre acude llevando a los niños y una prima a las niñas. Cuando en clerigo me pregunta como llamo, le digo: Francisco y el sigue preguntando ¿Que mas?, Rodriguez, "Que mas", Menendez y no conforme, repregunta "Que mas", Republicano de la pura Cepa le conteste. Mi madre y yo fuimos detenidos, pasamos la noche en la carcel y el gran problema es que yo pasé a ser el enemigo del Regimen mas importante de Tineo. Me costo mucho seguir viviendo mi niñez. Me llamaban los conocidos "El Republicano". Eso era muy peligroso. A los once años comence a trabajar en la mina de carbon. Tuve un accidente. Curado volvi al trabajo hasta el mes de marzo de 1950. El 14 de mayo del mismo año me embarco, solo, para Argentina. Desde los 12 a los 17 años han pasado muchas cosas que me pusieron tan en contra de lo que tenia. Mi credulidad era que Dios asi lo habia dispuesto. No sabia que el gobierno del pais era el responsable, por eso cuando voy a embarcar en la ciudad de Vigo, me arrodillo, beso el pavimento y digo: "Adios España, nunca mas volveremos a vernos". No Cumpli, volvi en el año 1991 por razones de familia
El dia primero de junio de 1950, en el barco "Santa Fe", de la empresa Dodero llego a Buenos Aires, habiendo pasado toda la noche en la desembocadura del Rio de la Plata, esperando la mañana.
Yo tenia mi maleta de color marron, parecia cuero hasta que un dia se mojo, era de carton. Con ella y una muy poquita ropa, pero repleta de ilusiones, espere con otro compañero de viaje, Luis Tato, de Lugo, la llegada de los practicos y arrastraron el barco hasta el puerto.
A todos los menores de edad nos pusieron a parte, pareciamos ovejitas en un corral. Nos trasladaron a un local de imigracion, teniamos mas hambre que perro de herrero, lo unico que puede comer son las chispas que salen de golpear el hierro al rojo. Como ya estabamos en Buenos Aires, se olvidaron de nuestra comida. Voy a lo personal. Mi padre, quien me reclamaba, se olvida los documentos de identidad. Vivia en Caseros, hoy Tres de Febrero, un taxi no se desplazaba tan lejos, por aquello de si no lo dejaban a pie al chofer.
Van pasando las horas y gracias a un alma caritativa que se comunica con alguna autoridad pude pisar tierra argentina, logicamente, siendo el ultimo en desembarcar, eran mas de las 21,00 horas.
Cuando el emigrante llega al lugar que elige para recomenzar su vida, primero prepara una especie de guion, donde pone las prioridades. Para mi fueron: donde vivir, como vivir. Trabajar, ganandome el sustento. Estudiar, para que el futuro fuera menos duro. Traer a mi madre y despues a mis hermanos.
Todo se fue cumpliendo, casi a los tres años trajimos a mi madre. Yo seguia trabajando y estudiando de noche. Con mi padre no me entendi hasta que lo hice abuelo, el pensaba de diferente forma que yo y no es que fuera malo, lo que ocurre, es que yo habia sido uno de los "niños de la guerra", la unica diferencia, fue que tenia familia y quedamos todos juntos con muchas necesidades, pero juntos al fin y el creia que yo era un niño sin ninguna responsabilidad al que habia que enseñarle de todo, pero la necesidad me habia enseñado muchas cosas, no permitiendome tener infancia.
Entre el trabajo, el estudio y las obligaciones, tambien me pongo de novio con una galleguita, de la Coruña, se llama Adela, nos casamos y tenemos 4 hijos, dos niñas y dos varones.
Mi vida profesional se desarrolla bien. Empiezo a progresar. Me fue como yo queria. esto se cumplio muy bien. ¡Que gran pais, que grande mi madre adoptiva!
Dije antes que mi mision era reunir a todos nosotros aqui en Buenos Aires y asi lo intentamos, pero tanto mi hermana como mi hermano se casaron en Asturias y fue imposible que mis padres vieran juntos a sus tres hijos en la misma mesa, ellos fallecen y el 24 de diciembre de 1993, yo si tenia a mis dos hermanos en mi mesa, pero ya me faltaba lo mas importante: MIS PADRES" (9).
Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba” (10).
Fue asturiana la madre de Jorge y Aída Luz, acerca de quien dice el hijo: “Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente”.
Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: “Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes”.
Volvieron décadas después: “Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela” (11).
Un famoso café porteño fue comprado por un asturiano. En “El café Izmir”, Carlos Szwarcer relata: “El Café Izmir, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la publicación de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ’30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador. (...) En noviembre de 1969, el asturiano Jesús Rodríguez se hizo cargo del fondo de comercio y los años setenta serían testigos de la lenta desaparición de los viejos “turcos”. “...Alboger tenía imán... mientras vivió el café estuvo a full...” aseguran con añoranza sus viejos clientes. El “espíritu oriental” ya no existía, y los habitués, a excepción de un pequeño grupo, eran otros: los empleados y albañiles de la zona. Los motivos de tal metamorfosis fueron varios: el cambio de dueño, de estilo, de sociedad, etc. Y lejos de las madrugadas, los discos de pasta, las orquestas con odaliscas, los refranes y los dichos en ‘ladino’, comenzó a languidecer y a cerrar sus oxidadas cortinas metálicas a las 18 horas y los sábados al mediodía. Sus paredes se descascararon perdiendo el color y la vida. El lugar de reunión e inspiración, y parte del alma y de la cultura porteña, cerró definitivamente sus persianas el 9 de octubre de 2000. El lzmir figura entre los 39 cafés citados en el libro Los cafés de Buenos Aires, publicado por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares y Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires y entre los 21 citados como ‘emblemas porteños’ en La Guía Total de Buenos Aires, de Diciembre 2000” (12).
Carlos Salatino y Beatriz Sevilla son “una pareja dedicada al arte, el diseño y la producción artesanal de objetos decorativos”. Ellos no pintaron inmigrantes, sino un barco, en homenaje al que trajo a los fundadores de una cadena gastronómica, en uno de cuyos restaurantes porteños los artistas realizaron el mural al que nos referimos. Sobre esta obra expresó Salatino: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa “hambre”, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco”.
Memorias
Félix Luna afirma que su libro Soy Roca fue para él "Definitorio por la forma en que fue escrito y por el tema. Muchos dicen que es una novela, pero no lo es. Parece una novela, pero todo lo que se dice es estrictamente histórico. Todo lo que se dice, pasó. Incluso las conjeturas que pongo en cabeza del protagonista están escritas en papeles, en cartas confidenciales, etc. En lo formal, me di el gusto de hacer una especie de autobiografía, sin que el autobiografiado fuera su autor" (13).
En esa obra, el protagonista se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos en la desembocadura del río Santa Cruz, visité alguna estancias de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador. (...) Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención, en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped; me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges, el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí. Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo recomendaba calurosamente el perito Moreno. Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad a la que había establecido al norte, en Río Grande, el asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’, más chico que el ‘Belgrano’. Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo, que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’... Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire, de donde era oriundo Bridges. Después visitamos los campamentos de los indios yaganes y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como también lo hacían, según los rumores que había escuchado, algunos capataces de Menéndez” (14).
Niní Marshall, hija de asturianos, escribió sus memorias. Afirma Fernando Noy: “Previsora, para disipar dudas sobre sus procesiones por los laberintos de la memoria, ella nos legó, acicateada por su amigo y representante Lino Patalano, la invalorable Autobiografía donde emerge, con astucia de autora consumada y en una sesión de magia interminable, tan verosímil y viva como siempre, quizás de un modo inconciente desdiciendo aquella frase-consigna en uno de sus libretos radiales: ‘Déjenos contarle algo, déale. Si no va a parecer una mujer demasiado misteriosa, de esas que salen al cine y después les agarra la mamesia al cerebro’. Y si era necesaria mucha ‘propicacia’ para hacerlo, sospecho que sólo quiso recompensarnos con estas páginas a modo de despedida” (15).
Biografías
María Esther Vázquez se refiere, en Victoria Ocampo (16), a una empleada española:
"Fani entró 'para todo trabajo' al servicio de una tia de Victoria. Cuando la familia Ocampo en 1908 partió hacia Europa, la tía Ana se la cedió a los padres, La Morena y Manuel, a fin de que se ocupara de 'las niñas', ya que era 'trabajadora como mula y fiel como perro'.
Cuando Victoria se casó, la madre se la "regaló" (esplendido regalo) para que cuidara de Victoria.
Fani era asturiana; decepcionó a sus tíos, frailes esculapios, al no ingresar en una orden religiosa y en cambio salir a trabajar, porque no sólo no tenia vocacion, sino que desconfiaba de 'curas y clerigos'; para ella Dios era 'el ser de la persona', definicion críptica e impresionante. Tenía el aspecto tipico de la campesina del norte de España. Sufrida hasta límites increíbles, el dia que se enfermó, fue para morir. Su moral estrictísima, propia de puritana española, cuenta Victoria, sumada a su "candido afán de protegerme de peligros imaginarios la volvían arbitraria e injusta, como suelen ser los padres. Transformaba, por momentos, mi casa en la de Bernarda Alba y yo aborrecía ese españolísimo resabio. Era demasiado joven para tomarlo a broma; ( ... ) que manía de meterse en todo, pensaba"9.
La relacion entre Victoria y Fani fue extraña, relación que sólo la rica economía de la Argentina permitía florecer. Si bien Fani era la servidora, gobernaba muchos aspectos de la vida de su patrona en forma despótica. Generosa por naturaleza, se brindaba con alegria, excediendo en mucho sus 'obligaciones'. Ese excederse le dio bastantes dolores de cabeza a Victoria, considerada una eterna adolescente por Fani; sin embargo, a medida que esta última envejecía, perdida toda esperanza de perfeccionar a la otra segun sus canones, bastante primarios, se dedicó a mimar a Victoria.
Debido al mal oido para los idiomas, característico de los españoles, nunca logró Fani pronunciar correctamente ciertos vocablos: 'Continuaba diciendo mórfora en vez de atmosfera, asenoria en vez de zanahoria, manopolio en vez de monopolio, anelso en vez de anexo, archiprestes en vez de cipreses, reumatismo asiatico en vez de ciatica' 10. Sin embargo, pese a sus dificultades fonéticas, sabía pedir el colador en cuatro idiomas porque a Victoria le desagradaba profundamente encontrar 'nata' en el cafe con leche".
En la biografía Los dones del tiempo (17), Benìtez relata la historia de la asturiana Cecilia Caramallo. En esa obra, el escritor vuelve al tema abordado diez años antes en La pradera de los asfódelos (18): la inmigraciòn y, màs especìficamente, la vida de los inmigrantes en Bahìa Blanca, sus expectativas cumplidas y fallidas, sus recuerdos, sus abnegaciones.
La historia no es relatada linealmente, desde los primeros dìas de la anciana, sino que ella, a los ochenta y dos años, mientras pule el bronce de la tumba de su marido, dialoga con èl y se retrotrae a su infancia asturiana. Asì se inicia un racconto que nos hace saber cuàl fue la formaciòn espiritual que recibiò de niña, y en què àmbito.
Su primera maestra fue su abuela. La figura de la abuela como depositaria de una tradiciòn aparece frecuentemente en la literatura de inmigraciòn, quizàs porque los padres y las madres de esos chicos estàn ocupados en otros quehaceres, o han emigrado. La abuela de la protagonista de Benìtez custodia una tradiciòn cuando todo parece perder sentido.
Otro de los personajes que forma a esta niña es el pastor que le cuenta la historia del mendigo que apareciò y desapareciò misteriosamente y que transformò en generosa a una persona miserable. Este pastor, don Higinio, enseña a partir de los hechos cotidianos el orden de un cosmos regido por leyes que a menudo podemos comprender.
Es importante tambièn en Los dones del tiempo el “extraño oficio” –así lo denominó Syria Poletti (18)-, que consiste en escribir cartas, de parte de los analfabetos, para quienes han emigrado. En la novela, es el cura de la aldea quien escribe las cartas de la madre de la protagonista y le agradece sus periòdicos envìos de dinero. Las caracterìsticas de las cartas estàn relacionadas con la situaciòn peculiar en la que son escritas; en una de ellas, la madre señala que no puede seguir contando porque el cura tiene otras cosas que hacer y no puede seguir escribiendo.
Amèrica aparece –al igual que en todas las obras de emigraciòn- como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias. Para un portuguès, para una asturiana, las tierras son enormes, la cantidad de ganado es tal que debe dormir a la intemperie. Son realidades difìciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mìnimo. Recuèrdese al respecto la sensaciòn de la protagonista cuando ve que tiran comida. Piensa què hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.
Pero, aunque el libro de Benìtez tiene puntos en comùn con otras obras de inmigraciòn –sobre todo en lo que se refiere a la vida en Europa y el viaje-, brilla con propios destellos porque èl, que comparte con muchos descendientes de inmigrantes una historia similar, sabe darle a cada uno de sus libros una originalidad que lo diferencia de otros escritores y que hace que reconozcamos su pluma.
Es original en la asociaciòn de la inmigraciòn a los viajes griegos, a la tradiciòn latina. Eso ya lo habìamos visto en La pradera... y aquì se reitera sabiamente. Vincula a su tierra con un tiempo remoto e ilustre, y nos hace pensar que, màs allà de la distancia o de la situaciòn social y econòmica, hay muchas coincidencias entre el presente y el pasado, entre Europa y Amèrica. Muchas màs que las que uno podrìa percibir.
Otro aporte original del autor bahiense es la relaciòn de los hechos narrados con su lugar de residencia. En Bahìa Blanca, en Pelicurà, se desarrolla la acciòn y esta circunstancia la vuelve de especial interès para quienes habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes en ese punto de la Argentina. Aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires, a partir de fines del siglo pasado y hasta nuestros dìas, en que la anciana transita con su coche causando espanto a los transeùntes y a los otros automovilistas.
La historia, vista desde los intereses de los pioneros, tiene cabida en esta obra. La zona de la frontera aparece como el escenario de una gesta heroica que tuvo por objeto expulsar al indìgena, cuya crueldad Benítez destaca. Los malones y sus terribles consecuencias son evocados por el escritor quien, relatando la historia de la Iglesia del Carmen, pinta un cuadro patètico de esas tenebrosas èpocas, en las que sólo los huincas parecían sufrir. El relato dentro del relato ya habìa aparecido cuando la protagonista evoca su infancia; aparece tambièn en la adultez, siempre relacionado con la religiòn y la caridad.
Y aunque la biografìa nos deja adivinar un exahustivo trabajo de documentaciòn, un paciente estudio de fuentes històricas, no serìa lo que es sin el estilo con que ha sido escrita. Quizàs porque compartimos una misma nostalgia, una misma herencia de sueños, los descendientes de inmigrantes comprendemos con mayor intensidad aquello que Benìtez describe. Puede ser. Pero su estilo es tan logrado que no hace falta estar relacionado con lo que narra para vibrar; episodios como la despedida de la protagonista de su pequeño amo minusvàlido, o como el acercamiento entre ella y su futuro esposo nos transmiten la tristeza, la alegrìa, todos los sentimientos, con fuerza y autenticidad. Ademàs de conocer mucho el alma humana y saber describirla, conoce mucho el idioma. Su riqueza de vocabulario es llamativa y hace que la historia atraiga aùn màs, hacièndonos pensar que lo moderno no tiene por què estar reñido con la elegancia y el buen gusto.
La vida de su madre es el tema que Jorge Fernández Díaz eligió para su libro. Mamá (19). La asturiana Carmen Díaz, nacida en 1932, empezó a trabajar siendo muy pequeña: “cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderle respeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas”.
Carmina y sus hermanos “comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos”.
El padre de los niños, esposo de María, “a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos”. Durante la Guerra Civil, los franquistas “entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas”.
A los quince años viaja hacia América. La pasó mal en el viaje. En el barco, a ella, “como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas”.
Aquí la esperaban sus tíos, con los que vivió haciendo las veces de hija adoptiva y criada. Sus tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar la asturiana, la tía le dice: “Aquí no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio”.
Pero todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón”.
Luego vendrá la discriminación en la escuela, y el honor de llevar la bandera a pesar de todo: “En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa ‘galleguita’, y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible”. Entonces intervenía la maestra: “La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil”. El esfuerzo de la protagonista tuvo su premio: “Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad”.
Con los tíos y la adolescente vivía un asturiano, que tocaba la gaita a escondidas, en el sótano de su casa porteña, por temor al hermano que le había prohibido ejecutar ese instrumento, evidencia de su condición de inmigrantes. El anciano ”cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas”.
Estos asturianos despreciaban a los provincianos. Cuando muere Evita, Carmina “llevó crespón y fue conducida en ómnibus escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida. No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor, y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así: los españoles desarrapados despreciaron a los ‘negros’ del interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban regresar en cuanto la economía rescató a España del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también”.
El padre del narrador, asturiano como su esposa, “odiaba a los argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles, y también a la República Argentina, culpable de no ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos ‘argeñoles’ envenenados por esa misma sustancia sin antídotos”.
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica su libro con estas palabras: “Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires”. Sobre su madre escribe: “Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro”.
Fernández Díaz evoca el Centro Asturiano de Buenos Aires: “esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria”. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: “Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos”.
Pero “no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver”. Marcial, quien luego sería su marido “permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de ante mano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas”.
Con los años, llega la tristeza de ver partir a una paisana de vuelta a España, y comprobar que esa mujer –así como de joven sintió nostalgia de la tierra que dejaba-, a los setenta y dos años, siente nostalgia de la Argentina.
Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde “canjean los pesares de la segunda morriña”. Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: “Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina”. Pocos meses después, “se hizo la luz”. La mujer escribe, entonces: El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder”.
La narración, estructurada en capítulos con nombres de los personajes, surge del reportaje que Jorge Fernández Díaz, director de la revista Noticias, efectuó a su madre durante más de cincuenta horas; “Comencé a garabatear frases e ideas sobre su azarosa biografía en un cuaderno Rivadavia de tapa dura cuando me contó que hacía lagrimear a su psiquiatra”, escribe el hijo.
Ese dolor de la inmigrante, y su fe en el futuro, que la hizo salir adelante en un mundo en el que poco apoyo tenía, son homenajeados por Fernández Díaz en una obra que nos hace sentir admiración por esta mujer que logró tanto contando sólo con su tenacidad.
Novelas
En Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, aparece una sirvienta asturiana. Narra el protagonista, un niño hijo de rusos: “Otra clase de confidencias inició una tarde, al referirse al reciente casamiento de Rosario quien seguía sirviendo allí y compartía ahora con su marido la misma habitación que antes ocupaba sola, pegada a la de él, que aplicaba el oído a la puerta que las separaba. Creyó al principio que se divertiría con lo que imaginó sólo podían ser cómicas parodiasde amor, pero lo que oía no lo hizo reír precisamente sino que lo indujo a inevitables y manuales desahogos, terminando por sentir miedo a la propia actuación de excitado testigo invisible, que lo perturbaba intensamente, y aún más allá de su papel de escucha pues ahora, le confesó, miraba con otros ojos las piernas blancas como la leche de la asturiana” (20).
En Santo Oficio de la Memoria, Mempo Giardinelli habla de un oficio que desempeñaban los asturianos. En 1886, “Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas” (21).
En Las libres del Sur, de María Rosa Lojo, dice Victoria Ocampo, refiréndose a Fani, la empleada nacida en Oviedo: “me trata como a una menor de edad. Pero como su tiranía es útil, protesto un poco y la dejo hacer su voluntad. Igual que los pueblos cómodos, como el nuestro” (22).
Cuentos
En “Carroza y reina”, cuento que da título al libro de Isidoro Blaisten premiado en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: “Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa” (23).
María del Carmen García es autora de los “cuentos de gringos” que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (24). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos: “Algún tiempo atrás habían llegado a Buenos Aires como otros tantos inmigrantes, esperanzados en un futuro sin miseria ni guerras. Primero llegó él; un año después ella. Ela era joven y bonita, pequeña y ágil en sus movimientos, alegre de carácter. El era alto y hosco, de hablar poco y trabajar mucho. Se habían conocido de niños en la aldea de Asturias en la que nacieron y se encontraron en Buenos Aires gracias a los oficios del padrino Manuel y como era de suponer se casaron en un septiembre lluvioso de 1910”.
Los recién casados “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio. El trabajaba duro en el puerto y ella esperaba ansiosa la llegada del primer hijo que iniciaría la larga serie de descendencia que aspiraba a tener. Muchos hijos deseaba ella; creía que así debía sercasi como un principio de supervivencia de la especie. Había visto en su aldea a muchas madres enterrando a sus hijos, algunos recién nacidos, otros ya en la infancia y ella no quería que le sucediera lo mismo”.
La asturiana “por las mañanas lavaba la ropa compartiendo los piletones del patio con las demás pensionistas. Allí las mujeres daban rienda suelta a sus comentarios mientras soñaban con el día feliz en que tuvieran su propia casa. (...) Para la primavera de 1914 ella supo que otro hijo estaba en camino y se llenó de alegría; recuperó el gusto por cantar las coplas de su infancia, agradeciendo a Dios por vivir en esta tierra de paz tan lejos del terror de la guerra que se derramaba sobre Europa”.
Una decisión equivocada de la mujer hará que esa felicidad dure poco.
Es asturiano un personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky: “En 1870 su abuelo, José Molinas, era el propietario de grandes estancias, de casas de comercio, e incluso de buqyes y astilleros en la Patagonia. En 1870 apareció un judío ruso, Jacobo Alter Grun, quien se convirtió y casó a su hijo Marcos con la hija de Molinas (...) -El viejo José Molinas era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio. Molinas & Grun. ‘San Jacobo’. Así llamó Marcos Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo de su padre” (25).
Poemas
En “Los pájaros ciegos” (26), escribe José Portogalo:
Junto a un charco de sangre estaba yo,
Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.
La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.
Televisión
En 2006 se vio en la Argentina la miniserie Vientos de agua, una coproducción del canal Telecinco de España, Pol-Ka y Cien bares (la sociedad de Campanella y el autor Eduardo Blanco. La dirigen Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Paula Hernández y Bruno Stagnaro (27).
Sandra Russo entrevistó a Campanella: “La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: “Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión”.(...) Cuenta Campanella que para los trece capítulos de Vientos de agua trabajaron dos años y medio. “Escribimos los dos primeros guiones cuatro autores juntos: Aída (Bortnik), Juan Pablo (Domenech), Aurea (Martínez) y yo. Fueron ocho meses. No sólo había que recrear la génesis de los personajes, sino el modelo de estructura sobre el que descansaría la historia. Mucho ida y vuelta, mucha reescritura. El resto de los guiones se llevó adelante desde marzo de 2004.” La idea de entrecruzar a un inmigrante asturiano analfabeto que abandona su tierra natal perseguido por la Guardia Civil con la de su propio hijo, un arquitecto que en 2001 cruza el Atlántico hacia España buscando cómo rearmar su vida y mantener a su familia, se le ocurrió al director mientras vivía en EE.UU., donde residió 18 años. “Un día, en Nueva York, me desperté a las cinco de la mañana para leer todos los diarios argentinos antes de ir a filmar, y pensé ‘pobre el abuelo, que no podía hacer esto’, pero después, destruido por la realidad argentina, me dije: ‘bueno, qué suerte que el abuelo pudo olvidarse de todo y empezar de cero’. O sea, el desarraigo, antes y ahora, es tremendo.” Y sobre el desarraigo cabalga Vientos de agua, porque tanto en el barco “Aquitaine”, que trae al asturiano Andrés Olalla a la Argentina, como en el piso madrileño en el que se hospeda muchas décadas más tarde su hijo, hay cubanos, húngaros, franceses, italianos, gente que por un motivo u otro tuvo que dejar su tierra y se hace mutuamente una compañía precaria pero al mismo tiempo férrea: la compañía que se hacen los desesperados. Allí nacen esas amistades que se mantendrán de por vida y los roces inevitables de los que intentan permanentemente mantener algún tipo de equilibrio” (28).
.....
Dejaron su tierra en busca de un futuro mejor, la añoraron y algunos regresaron a ella. Otros viven en América. Son los asturianos, los que han quedado eternizados en obras literarias, en televisión, y en testimonios de inmigrantes y sus descendientes.
Notas
1. Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, en http://www.muslera.com/indianos/.
2. Méndez Muslera, Luciano: “Somao, el pueblo indiano de Pravia”, en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
3. Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Nebrija, 1978. Citado por Méndez Muslera, Luciano en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
4. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo 2000.
5. S/F: “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.
6. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit..
7. Estrada, citado por Páez, Jorge, en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
8. Méndez Muslera, Luciano: “Salida del emigrante”, en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
9. Texto escrito en noviembre de 2007.
10. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
11. Guerriero, Leila: en La Nación Revista.
12. Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en SEFARaires, N° 14 y 15.
13. Entrevista a Félix Luna, en http://www.iaef.org.ar/mails/960noticiaef152/Reunion_de_diciembre.htm.
14. Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1989.
15. Noy, Fernando: “A los ‘pieses’ de la Marshall”, en Clarín, Buenos Aires, 24 de mayo de 2003.
. VICTORIA OCAMPO, por María Esther Vázquez. Buenos Aires, Planeta, 1991. 239 páginas.(Colección Mujeres Argentinas, dirigida por Félix Luna). Foto de tapa: Man Ray, 1930. Investigación y edición fotográfica: Marisel Flores, Graciela García Romero Felicitas Luna. Reproducciones: Filiberto Mugnani.
16. Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.
17. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
18. Poletti, Syria: Extraño oficio. Buenos Aires, Losada.
19. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
20. Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
21. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
22. Lojo, María Rosa: Las libres del Sur Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
23. Blaisten, Isidoro: “Carroza y reina”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
24. García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
| |